Malos entendidos
(Sigo releyendo el Libro del Desasosiego)
Alguien debió escribir alguna vez una historia de los malos entendidos. Pensaba en eso mientras revisaba las palabras clave que traen a los navegantes a esta orilla, y naturalmente, desasosiego es la principal, pero también encontré algunas sorpresas, como la del internauta que buscando “culos amplios” se encontró con el post sobre la nouvelle August Eschemburg, de Steven Millahuser, en la que, afinales del siglo XIX, las refinadas creaciones de un hacedor de autómatas deben competir con versiones más burdas y comerciales, y sí, con culos amplios y pechos generosos. Por alguna razón me avergonzó decepcionarlo con estos comentarios sin prisa ni dirección. O la de aquel que llegó buscando “problemas de una panadería”, y se encontró con el mayor problema de todos, el que todos compartimos, en esa elegía a un panadero, con la que inauguré este blog. También eso me incomodó; como si en medio de una conversación banal con un desconocido se nos escapara nuestro terror más íntimo. Al fin y al cabo, qué necesidad había. Lo más probable es que el pobre estuviera buscando cuestiones de proveedores, cocinas, hornos o cosas por el estilo, y vengo yo y le advierto sin que venga al caso, que la muerte acecha del otro lado de la caja registradora.
La historia de los malos entendidos fue posible alguna vez. Hoy, me parece, ya no. Fue posible mientras se creyó en el destino, con la naturalidad con que se creen las cosas más elementales y más falaces.
A Fernando Pessoa, es sabido, le preocupaba la posteridad, pero no siempre de la misma manera. Como joven poeta, Pessoa estaba seguro de que su nombre perduraría: su modesto reconocimiento, y su status de “promesa” de las letras sostenían esta creencia. Como poeta maduro con un puñado de publicaciones y un modesto reconocimiento, la cuestión se le hacía apremiante. ¿Qué había pasado? Por un lado, cuenta Richard Zenith en el prólogo a Eróstrato o la búsqueda de la inmortalidad, Pessoa creía en la superioridad de su talento, por otro, sólo podía producir fragmentos, siempre obras incabadas o breves, a veces muy breves, lo que en su opinión no sólo le impedía dar el salto entre sus contemporáneos sino que, sobre todo, le negaba sin apelaciones su boleto a la fama póstuma.
Estas dos fuerzas pueden leerse sin dificultad en el libro del desasosiego y en el ir y venir entre ambas, o en su resignada yuxtaposición está parte de su secreto encanto. Pocas veces he leído un autor más seguro de su arte, pero está claro también cuánto de desprecio y decepción había en este distanciamiento: la joven promesa que no fue, o que fue pero nadie escuchó, o que, por timidez o alguna otra tormenta del alma no habló con la fuerza suficiente. A Pessoa debió parecerle que un largo malentendido finalmente se le revelaba; la obra acabada nunca llegaría, la posteridad le pasaba de largo. Cuando lo comprendió, se me ocurre, hizo del equívoco y la resignación una ética y una estética, y creó una de las obras más bellas y descarnadas del siglo XX. “Me ha perseguido -escribe- “como un ente maligno, el destino de no poder desear sin saber que tendré que no tener. Si un momento veo en la calle un rostro núbil de muchacha y, aunque sea indiferentemente, disfruto de un momento de suponer lo que pasaría si fuese mío, es siempre cierto que, a diez pasos de mi sueño, esa muchacha encuentra a un hombre que veo que es su marido o su amante. Un romántico haría de esto una tragedia; un extraño sentiría esto como una comedia; yo, sin embargo, mezclo las dos cosas, pues soy romántico en mí y extraño a mí, y vuelvo la página hacia otra ironía”.
Los años parecen haberle dado la razón al joven poeta, a sus instintos y a su talento, pero su triunfo no fue menos malentedido que su derrota provisoria. A pesar de lo que Pessoa mismo creía, su verdadera altura le fue dada por su fracaso, no por las obras terminadas y totalizantes, sino por por el involuntario cubismo de sus fragmentos que describen como nadie antes ni después la resignada desesperación de quien no ha sabido encontrar en su lugar en el mundo. En un cuento de Kafka, el escudo imperial, creo, un testigo anónimo relata cómo de a poco, y sin oponer resistencia, los bárbaros han invadido y transformado su ciudad. “Es todo un gran malentendido” -registra ya sin asombro- y perecemos a causa de él”. Creo que Pessoa estaría de acuerdo.