Si tuviera alma, sería para la literatura, pero no tengo. La vendí tres veces y ya nadie la quiere.
Escribo poco, y nada en un idioma pasado de moda. El único que apredí para escribir y para ser. Traté eso sí de hablarlo con cuidado, y por qué no, de sacarle brillo alguna vez, como un lustrabotas que se esmera para mejorar su propina. Pero el objeto de tanto esmero no deja de ser un par de zapatos, ajenos, para peor. También mis zapatos brillantes son sólo zapatos, que algún despistado puede mirar como se mira el brillo de un zapato, con ligereza y desencanto. Ay, ya quisiera yo haber sacudido el suelo de alguien con el martillo, pero me dicen que el martillo es pesado para mí, y yo lo creo (ahora dicen que para ser escritor, hay que escribir).
Durante el día tengo una ocupación en apariencia trivial pero nada desdeñable: como tantos otros, echo, basura al mundo, y en el proceso, puedo ser bastante desgraciado. Pienso entonces que lo único que se hacer es escribir en mi idioma, pero me voy a la cama y espero en silencio el nuevo día. Al que le gusten mis zapatos, que sea bienvenido. Pero que sepa también que no sirven para andar.