El blog del desasosiego

Febrero 12, 2009

Dos imágenes

Archivado en: literatura — Sebastián @ 9:21 pm
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Hay dos imágenes que me persiguen desde hace algún tiempo. No son las únicas ni las más terribles. De  hecho, parecen bastante inofensivas.

En la primera, sostengo un vaso entre mis manos y luego de sopesarlo un rato, lo arrojo contra un espejo (o un televisor en su versión más prosaica). En la segunda, tiro abajo mi biblioteca: la atraigo primero desde arriba y hacia delante hasta crear un desequilibrio mientras los libros caen sin hacer ruido, como si cayeran desde un acantilado. Alternativamente, tiro los libros de sus estantes usando los brazos como tentáculos o aspas de un ventilador enloquecido. Ambas son imágenes de una modesta destrucción y una menos modesta destructividad. No me interesa analizarlas demasiado. Hay desde luego varias explicaciones plausibles que no necesitan hundirse en el agua barrosa del psicoanálisis, y están también seguramente aquellas que se sienten a gusto chapoteando en el barro. Pero yo las prefiero levemente amenazantes, sólidas como una piedra que apenas se inmuta ante fuerzas naturales cuyo plan de destrucción se mide en milenios. Espejos, libros. Me pregunto si hay una teoría unificadora, a años luz de Borges, por ejemplo, alguna clase de crisis de identidad (espejo) que resulta de una concepción enfermiza y maladaptativa (¿?) de la literatura (que piensa en términos de precipicios y acantilados).

Pero, ¿qué se yo sobre literatura? Soy un lector vago y monótono, fiel a unos pocos autores a los que prefiero visitar antes que perderme en un vecindario nuevo (aunque lo haría si supiera dónde encontrar uno interesante). Si la literatura es alta o baja, anónima o autobiográfica, absoluta o relativa, analógica o digital, no podría decirlo. Jamás seré un gran teórico de la literatura, ni siquiera uno malo. “Amparados en múltiples máscaras” –escribe Roberto Calasso-, los escritores “saben que la literatura a la que se refieren se reconoce más que por la fidelidad a una teoría, por una cierta vibración o luminosidad de la frase (o del párrafo, de la página, el capítulo, el libro entero). Esa especie de literatura es un ser que se basta a sí mismo”. A falta de teoría, yo me quedo con esa sinestesia: Vibración. Luminosidad.

Antes que cualquier cosa, la literatura es para mí estremecimiento y conmoción. Y lo digo con amargura; sin eso, leer es padecer. El estremecimiento no es nunca un estado; sólo es movimiento, su estado es el movimiento y su movimiento es huidizo; es un nómade salvaje que no aprende todavía las sofisticadas reglas de la cortesía o de la guerra. Si la literatura es estremecimiento o no es, entonces su energía es dispersa y melancólica, intermitente, apenas una perplejidad fugaz e irreductible que se pierde como agua entre las manos.

Iluminada por una estrella muerta, la vida es entonces más gris. Y no hablo de libros, hablo de la vida carajo, de la vida. Cuando sólo perseguís el estremecimiento, todo lo demás es amargo, las palabras ordinarias producen náuseas y remontar el texto más simple, la conversación más inocente, el acto más banal y cotidiano supone un esfuerzo consciente por vivir, una lucha constante contra  el desasosiego, y la realidad, sea eso lo que sea, se vuelve muda o yo me vuelvo sordo, y en cualquier caso ese silencio me irrita las veces que no me deprime, y ya quisiera yo deshacerme del peso de este vaso que sostengo en la mano, arrojarlo de una vez contra el espejo, arrancar esa sonrisa burlona de los libros inclinados y apilados con un orden roto, y derribar mi biblioteca con la misma furia incontrolada, salvaje y sin dirección con la que un ejército derriba edificios en territorio enemigo.

5 comentarios »

  1. Reconozco algunas imágenes que narras en mi propia mente. Es delicioso prever la destrucción de los cristales.
    Un saludo. Gracias por compartir.

    http://royalodeon.wordpress.com/

    comentario por Edgar Valdés — Febrero 13, 2009 @ 4:13 pm

  2. Pessoanamente: “la literatura es la forma más agradable de ignorar la vida”.
    O bien, “Y en la de mi cuarto absurdo, despreciable, asalariado y anónimo, escribo palabras como quien salva su alma…”
    En fin.
    Saludos

    comentario por e. r. — Febrero 13, 2009 @ 7:32 pm

  3. Recuerdo el golpe que dio Onetti en el espejo cuando leyó El perseguidor. Qué forma más pasional de adentrarse en la literatura. Y qué bueno lo de Calasso. Te dejo un fragmento, conmovedor, que un amigo me dejó una vez (un comentario reciclado?) de una carta de Kafka a Pollack:
    Lo que necesitamos son libros que nos conmuevan como una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de alguien a quien hubiéramos amado más que a nosotros mismos, como si hubiéramos sido arrojados a los bosques, lejos de los hombres, como un suicidio; un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro. Tal es mi credo.
    Saludos.

    comentario por Vero — Febrero 16, 2009 @ 2:50 pm

  4. Verónica: Conocía la cita de Kafka, pero había olvidado su intensa belleza (o su bella intensidad). Gracias por recordármela. “El hacha para el mar helado de nuestros sueños”. No lo sé, supongo que la literatura es a la vez los sueños y el hacha que los atraviesa. Tu hallazgo es perfecto, porque esa frase es literatura y es estremecedora. Lo curioso es que Kafka dice lo que tendría que hacer eventualmente (literatura de estremecimiento), y ya lo está haciendo, sin esfuerzo aparente.
    Conocía también la anécdota de Onetti pero nunca la había relacionado con mi propia manía destructora a la vez de vasos y de espejos. Tal vez especule sobre eso en un próximo post. Gracias por comentar.

    comentario por Sebastián — Febrero 16, 2009 @ 4:53 pm

  5. De nada. Gracias por comentar.

    comentario por Sebastián — Febrero 16, 2009 @ 5:03 pm


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