El blog del desasosiego

Febrero 28, 2009

Un artista de la contratapa: los dos traductores de Steven Millhauser

Archivado en: literatura — Sebastián @ 2:07 pm
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En la contratapa de Martin Dressler, de Steven Millhauser (Editorial Andrés Bello), se puede leer lo que para mí es un prometedor comienzo:

“Aunque Martin Dressler fue el hijo de un tendero, también soñó su sueño, y por lo menos tuvo bastante suerte e hizo lo que pocos se atreven, incluso, a imaginar: satisfizo el deseo de su corazón. Pero éste es un privilegio peligroso, que los dioses vigilan celosamente, a la espera de la falla, la pequeña falla que finalmente arruina todo”.

Y sin embargo no, no era exactamente el comienzo. En cambio, la primera oración es una especie de síntesis del fragmento anterior:

 “Hace algún tiempo vivió un hombre llamado Martin Dressler, el hijo de un tendero, que supo remontarse desde su origen modesto hasta las alturas soñadas de la buena fortuna”.

A la luz de la contratapa, creo, este comienzo es empobrecedor. Para empezar, sólo señala la trayectoria ascendente y no la caída del héroe, que deberá esperar todavía algunas líneas más, líneas cuya función es la de describir el contexto de la historia. Me molesta además eso de “un hombre llamado Martin Dressler”, pues sin comenzara apenas con Martin Dressler, sabríamos ya que ese es su nombre y que no puede si no pertenecer a la especie humana (y dentro de ella, al género masculino) Por último, aunque los dos fragmentos hablan de un hombre que ha cumplido un sueño, mientras que el Martin de la contratapa soñó su sueño y satisfizo los deseos de su corazón, el de la primera página ha alcanzado apenas los sueños de la buena fortuna. Y se pierde, claro, el enorme bloque de hielo que, bajo la línea de la superficie oceánica de la contratapa, prometía lo que a mí me gusta de un libro: la obsesiva y delirante apuesta, a menudo mortal, de un hombre para… satisfacer los deseos de su corazón.

Pero yo debo ser mal pensado, porque apenas unas líneas más abajo encontramos el extracto de la contratapa, aunque ligeramente cambiado:

 “Aunque hijo de un tendero, Martin Dressler también soñó un sueño propio y al final tuvo la suerte de realizar lo que muy poca gente se atreve siquiera a imaginar: logró satisfacer los anhelos de su alma. Un privilegio por cierto riesgoso, al que los dioses permanecen celosamente atentos, esperando a que surja la hendidura, la ínfima hendidura que finalmente lo conduce todo a la ruina”.

Claramente hubiera preferido que este fragmento fuera el comienzo de la novela, pues la ubicación en tiempo y espacio (una época en la que el capitalismo empezaba a florecer y lo “sólido se desvanecía en el aire”) palidece, creo yo, frente a esa lucha entre dioses y hombre. Pero eso no es grave, después de todo, Millhauser es un gran escritor y yo no, y tal vez haya tenido sus razones. Pero en seguida me doy cuenta de que la decepción es otra. Entre la contratapa y la primera página, el fragmento ha cambiado, y sucede como si, atravesando el libro a contracorriente, cruzando la historia desde el final hasta el origen, de la realización hasta esa partícula inicial de extrañeza que luego se convertirá en obsesión, desandando en fin,  una lucha que es menos entre dioses y hombres que entre el hombre y sus sueños, es decir, del hombre contra sí mismo, todo volviera a empezar, parecido pero diferente, menor, más chato y menos musical.

Pero no estoy interesado aquí en una teoría de la purificación de la experiencia al estilo budista. Me fascina, en cambio, imaginar  el combate del traductor contra su propia traducción irremediablemente y burlionamente impresa en la primera página, temblando ante la nueva posibilidad que le ofrece la contratapa. Mejor (y más probable): el combate solapado de los dos traductores, que tal vez son enemigos íntimos. O por último:  el nervio implacable de un escritor secreto que decide pulir los bordes de la escritura para que sea su acabado y no el otro, el que llegue primero a manos del lector. ¿Cuál habrá sido la historia secreta detrás de esta diferencia, la decisión real con sus dudas, miradas cómplices o aprobaciones burocráticas,  por la que en el mismo libro el fragmento se ha traducido dos veces? ¿Habría sido mejor la experiencia de lectura, si el autor de la contratapa hubiera tenido la libertad de dar rienda suelta a su serena máquina de esmerilado?

En rigor, no quiero ser injusto con el traductor “oficial” pues algunas de sus elecciones son mejores que la del artista de la contratapa. Creo que prefiero la idea (pero no la palabra) de una hendidura antes que una falla, pues ésta da idea de error y aquella, de entropía, de una destrucción innminente y necesaria, propia de la larga historia de conflictos entre dioses y hombres. También prefiero la palabra ruina, pues, sorprendentemente, es mucho más poderosa que su forma verbal, arruina, que no termina de dar la idea de una perdición, como si la “a” fuera tal vez no un prefijo de negación, pero sí un especie de consuelo melancólico, pero consuelo al fin. Por último el traductor corrige ese extraño “y por lo menos tuvo la suerte” que flota en la contratapa como un puente caído entre las  palabras. A propósito, ese “por lo menos” lo cambia todo, aligera la carga, y por lo tanto, no lo arruina todo.

A falta de la versión original, que puedo leer pero no juzgar con demasiado detalle, tal vez se necesite pues, de un tercero que sintetice lo mejor de ambas versiones. Pero el problema, lo fascinante de este conflicto no declarado que se agita en el libro y cuya luz es distinta de acuerdo a la posición en que sostengamos el volumen; lo terrible y maravilloso de todo esto, es que estas sustituciones son posibles con la mayor impunidad, y creo que , además, son deseables (porque no soy el autor naturalmente). Y, qué mierda, así empezaría yo, Pierre Menard, el Martin Dressler de Steven Millhauser:

“Contra todo, Martin Dressler, apenas el hijo de un tendero, soñó su sueño e hizo lo que pocos se atreven, siquiera, a imaginar: conquistó los antiguos deseos de su corazón. Pero el privilegio es siempre riesgoso y no agrada nunca a los dioses, que lo custodian celosamente a la espera de la grieta, la mínima y secreta grieta, que lo destruirá”.

A propósito: el libro no me gustó casi nada.

Febrero 26, 2009

Traducciones

Archivado en: Uncategorized — Sebastián @ 8:46 pm
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En un comentario al post anterior, Vero me recordó una hermosa cita de Kafka que terminaba así:

“Un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro”. 

Respondí que conocía la cita y la repetí a mi vez. Sólo que, ahora me doy cuenta, no era exactamente la misma. En mi recuerdo, más bien sonaba así:  

“La literatura tiene que ser el hacha para el mar helado de nuestros sueños”.

Es cierto, mi recuerdo es viejo, pero siempre lo creí fiel. Al leer la frase (¿pero la leí alguna vez?) sentí (o creí sentir)  que estaba no sólo ante una metáfora salvaje y genial sino ante un  un juego de prestidigitación, una magia incitante y perversa a la vez. Para hacerla corta: el tipo decía lo que la literatura debía ser, es decir, un hacha, y mientras vos decís “sí, sí, que cierto eso que dice este tipo”, zas,  ya tenés el hacha incrustada en la carne. Y ni siquiera hizo falta un libro.

Y sin embargo, decepción de decepciones, mi recuerdo podría ser sólo una mistificación. Google no ha podido encontrar mi versión en la web, lo que equivale a decir que nadie puede.  Aparentemente, el mar helado no es el de nuestros sueños sino uno que “llevamos adentro”. Ya quisiera yo pensar que soy el autor de ese desplazamiento, que el truco es sólo mío, que el brazo que agita el hacha es mío aunque el hacha misma sea de alguien más grande;  en fin, que si no son sueños los que llevamos adentro, yo no sé ya qué llevamos. Pero no. La verdad es menos generosa , y en algún lado, no tocado aún por los tentáculos de la red, ese traductor hechicero y tal vez genial existe sin que yo lo sepa.

PD: A propósito, alguien alguna vez exhumará con el cuidado que se merece, el eslabón perdido entre Kafka y Pessoa. No seré yo, claro, pero  por algo se empieza.

Febrero 12, 2009

Dos imágenes

Archivado en: literatura — Sebastián @ 9:21 pm
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Hay dos imágenes que me persiguen desde hace algún tiempo. No son las únicas ni las más terribles. De  hecho, parecen bastante inofensivas.

En la primera, sostengo un vaso entre mis manos y luego de sopesarlo un rato, lo arrojo contra un espejo (o un televisor en su versión más prosaica). En la segunda, tiro abajo mi biblioteca: la atraigo primero desde arriba y hacia delante hasta crear un desequilibrio mientras los libros caen sin hacer ruido, como si cayeran desde un acantilado. Alternativamente, tiro los libros de sus estantes usando los brazos como tentáculos o aspas de un ventilador enloquecido. Ambas son imágenes de una modesta destrucción y una menos modesta destructividad. No me interesa analizarlas demasiado. Hay desde luego varias explicaciones plausibles que no necesitan hundirse en el agua barrosa del psicoanálisis, y están también seguramente aquellas que se sienten a gusto chapoteando en el barro. Pero yo las prefiero levemente amenazantes, sólidas como una piedra que apenas se inmuta ante fuerzas naturales cuyo plan de destrucción se mide en milenios. Espejos, libros. Me pregunto si hay una teoría unificadora, a años luz de Borges, por ejemplo, alguna clase de crisis de identidad (espejo) que resulta de una concepción enfermiza y maladaptativa (¿?) de la literatura (que piensa en términos de precipicios y acantilados).

Pero, ¿qué se yo sobre literatura? Soy un lector vago y monótono, fiel a unos pocos autores a los que prefiero visitar antes que perderme en un vecindario nuevo (aunque lo haría si supiera dónde encontrar uno interesante). Si la literatura es alta o baja, anónima o autobiográfica, absoluta o relativa, analógica o digital, no podría decirlo. Jamás seré un gran teórico de la literatura, ni siquiera uno malo. “Amparados en múltiples máscaras” –escribe Roberto Calasso-, los escritores “saben que la literatura a la que se refieren se reconoce más que por la fidelidad a una teoría, por una cierta vibración o luminosidad de la frase (o del párrafo, de la página, el capítulo, el libro entero). Esa especie de literatura es un ser que se basta a sí mismo”. A falta de teoría, yo me quedo con esa sinestesia: Vibración. Luminosidad.

Antes que cualquier cosa, la literatura es para mí estremecimiento y conmoción. Y lo digo con amargura; sin eso, leer es padecer. El estremecimiento no es nunca un estado; sólo es movimiento, su estado es el movimiento y su movimiento es huidizo; es un nómade salvaje que no aprende todavía las sofisticadas reglas de la cortesía o de la guerra. Si la literatura es estremecimiento o no es, entonces su energía es dispersa y melancólica, intermitente, apenas una perplejidad fugaz e irreductible que se pierde como agua entre las manos.

Iluminada por una estrella muerta, la vida es entonces más gris. Y no hablo de libros, hablo de la vida carajo, de la vida. Cuando sólo perseguís el estremecimiento, todo lo demás es amargo, las palabras ordinarias producen náuseas y remontar el texto más simple, la conversación más inocente, el acto más banal y cotidiano supone un esfuerzo consciente por vivir, una lucha constante contra  el desasosiego, y la realidad, sea eso lo que sea, se vuelve muda o yo me vuelvo sordo, y en cualquier caso ese silencio me irrita las veces que no me deprime, y ya quisiera yo deshacerme del peso de este vaso que sostengo en la mano, arrojarlo de una vez contra el espejo, arrancar esa sonrisa burlona de los libros inclinados y apilados con un orden roto, y derribar mi biblioteca con la misma furia incontrolada, salvaje y sin dirección con la que un ejército derriba edificios en territorio enemigo.

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