Durante el reinado de Harad IV, vivió en la corte un hacedor de miniaturas, célebre por la extraordinaria perfección de sus obras. Los objetos de este intenso arte no eran sólo agradables a la vista, sino que el placer y asombro crecían cuando el observador, acercándose más, veía el cuidado apasionado que se le había dedicado al detalle más pequeño y menos visible. Se decía que sin importar de cuán cerca se observara una de las pequeñas piezas del Maestro, siempre descubrías una nueva maravilla.
Entre las varias tareas del hacedor de miniaturas estaba la de proveer a las damas de la corte plantas talladas en marfil y monstruos marinos de tres cabezas para los gabinetes de curiosidades, dibujar la piel y las plumas de criaturas fabulosas para el “Libro de los trescientos secretos” y, sobre todo, reemplazar el mobiliario del antiguo palacio del juguete, que el Rey había heredado de su padre, y que estaba repleto de cortinas ajadas (draperies moldering) y madera agrietada. El famoso palacio de juguete, con sus más de seiscientas habitaciones, sus calabozos y pasadizos secretos, sus jardines y sus patios y huertos, llegaba a la altura del pecho de una persona y ocupaban su propia recámara, frente a la biblioteca del rey. Como recompensa a sus labores, el hacedor de miniaturas tenía un habitación privada en el palacio, no lejos del carpintero de la corte, así como una toga de armiño que le permitía participar de las ceremonias oficiales. El hacedor de miniaturas era asistido por dos jóvenes aprendices, que esbozaban las miniaturas más grandes como los armarios y las camas con doseles, cocían las pequeñas vasijas de barro en un horno especial, aplicaban la primera capa de laca a los objetos hechos con madera y ahorraban un tiempo preciado al maestro trayendo de los talleres del palacio piezas de marfil, cobre, boj y haya. Pero no tenían permitido intentar las tareas más complejas del arte de la miniatura, como tallar las cabezas de los dragones a los pies de las patas de las mesas, o forjar las minúsculas llaves de cobre que abrían los cerrojos de los cajones y los cofres.
Un día, luego de terminar una tarea ardua y estimulante – había construido para uno de los huertos en miniatura, una canasta de manzanas rojas y verdes de un realismo brillante, cada una no más mayor que el carozo de una cereza, y como toque final, había colocado en el tallo de una de las manzanas una perfecta reproducción en cobre de una mosca- el hacedor de miniaturas sintió un estremecimiento que no cedía. No era la primera vez que sentía esos estremecimientos al final de una larga tarea, pero últimamente ese escozor extraño e íntimo se había vuelto más insistente. A medida que trataba de penetrar en ese sentimiento, de desentrañarlo, pensó en la canasta de manzanas. Construir la canasta de manzanas le había dado una satisfacción que no era frecuente, porque se había enfrentado a una jerarquía de tamaños: la canasta misma, compuesta de tablillas de boj unidas mediante un alambre de cobre, luego las manzanas, y por último, la mosca. La diminuta mosca, con sus alas vueltas con precisión hacia atrás, le había provocado las mayores dificultades y el mayor placer, y se le ocurrió que no había ninguna razón especial para detenerse allí. De pronto, fue poseído por un temblor interior. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Cómo era posible? ¿Acaso la lógica no exigía acometer la serie descendente? Ante este pensamiento sintió una excitación profunda y culpable, como si hubiera llegado ante una puerta prohibida al final de un pasillo privado y escuchara, al girar la llave, el sonido de una música lejana.
Se dispuso a construir una canasta del tamaño de una de sus manzanas. Las nuevas manzanas de madera, cada una con un tallo y dos pequeñas hojas, eran tan pequeñas que sólo pudo tallarlas con la ayuda de un lente de aumento, que colocó en un marco de apoyo. Pero aún cuando luchaba con placer con cada manzana descubrió que soñaba con la mosca, la mosca imposible que, finalmente, se veía apenas como una mancha en el minúsculo tallo, aunque al verlo a través del lente era perfecto en cada detalle.
El Rey, que había elogiado la mosca original, vio la nueva canasta con deleite. Cuando el Maestro lo invitó a mirar las manzanas a través del lente, contuvo su respiración, y pareció que estaba a punto de decir algo pero luego batió bruscamente las palmas de las manos, haciendo que el criado entre precipitadamente. El rey ordenó al criado mirar la mosca en miniatura a través del lente. El criado, un hombre frío e imperioso, emitió un grito sofocado. A la mañana siguiente, la historia de la mosca invisible era conocida en todo el palacio.
Con nuevo entusiasmo, como si estuviera volviendo a un período anterior y más exuberante en su vida, el Maestro que, era de mediana edad pero conservaba su vigor, se dedicó a una serie de miniaturas que superaron en todos los aspectos sus mejores esfuerzos del pasado pasados. Del carazo de una cereza talló un anillo con treinta y seis elefantes, cada uno sosteniendo en su trompa la cola del elefante que lo precedíal. Cada elefante tenía un par de colmillos casi invisibles tallados en marfil. Un día, el maestro presentó al rey un plato y sobre él, invertido un dedal de marfil. Cuando el Rey tomó el dedal, descubrió abajo del mismo una reproducción meticulosa del ala noroeste de su palacio de juguete, con sus veintiséis habitaciones completamente amuebladas, incluyendo un escritorio con patas con forma de garras de avestruz y una jaula de oro con un ruiseñor.
Apenas terminó de completar el palacio del dedal, el hacedor de miniaturas sintió de nuevo una inquietud ardiente. Una vez embarcado en su viaje hacia lo más pequeño ¿podría detenerse ya? Además, ¿no era evidente que el diminuto palacio, aún cuando parcialmente invisible al ojo sin ayudas, se revelaba demasiado prontamente, sin esa resistencia que era una parte esencial del deleite estético? Y se propuso zambullirse debajo de la superficie de lo visible y crear un mundo detallado, completamente inaccesible al ojo desnudo.
Comenzó con cosas sencillas –un cuenco de cobre, una caja de haya- pero el material con el que trabajaba era, antes de la magnificarlo, invisible, y exigía un nuevo grado de delicada manipulación. De inmediato comprendió que necesitaba lentes más poderosos y herramientas más sutiles. Ordenó al carpintero de la corte un par de complejos dispositivos de sostén que mantuvieran sus manos fijas y los dedos firmes. No era un trabajo para un anciano, pensó, ni para un hombre más joven; sólo para alguien con el pleno vigor de sus años medios.
Su primera obra maestra en el reino de lo invisible fue un venado con astas en ramas. A través de un lente poderoso observó lo invisible virar hacia lo visible: la cabeza inclinada hacia un lado, la boca levemente entre abierta, los labios retraídos, revelando la dentadura. Talló y pintó hasta el último detalle; un diente y una pezuña y un pálido oído interno; y algunos decían que, mirando de cerca a través del lente magnificador, podía distinguirse el iris color ámbar de las negras y brillantes pupilas.
Ni bien terminó el venado, se embarcó en un desafío mucho mayor: un jardín invisible, modelado al principio a partir de uno de los treinta y nueve jardines del palacio, aunque en seguida desarrolló su propio diseño, más elaborado. Durante las primeras etapas, una corriente repentina destruyó una semana de trabajo. Con la ayuda del carpintero de la corte, para quien trazó un plano, el hacedor de miniaturas construyó una caja de teca con una superficie curvada; en la cual colocó un lente magnificador cuadrado. Dos paneles a los costados de la caja se deslizaban suavemente hacia arriba y hacia abajo para colocar un par de manos, y para que el lente cuadrado, unido a un sistema de barras y tornillos, pudiera subirse y bajarse. El intrincado y delicado jardín, a resguardo de las peligrosas corrientes de aire; creció con lentitud hasta contener docenas de lechos de flores de doce lados, catorce variedades de árboles frutales con hojas individuales, un sistema de caminos cruzados pavimentados con tesela de ébano y márfil, fuentes de ónice talladas con criaturas legendarias, caracoles debajo de piedras.
Aunque el Rey mostró sorpresa y asombro ante el jardín observado a través del lente, y elogió la conquista de un nuevo mundo por el Maestro, hizo varias preguntas sobre los lentes y la caja de teca, ya que sospechaba que producían una ilusión. Al final, el Rey se preguntó si el hacedor de miniaturas no debía regresar pronto al milagro visible de los exquisitos muebles de su palacio. En la voz del Rey, el Maestro escuchó un tono inequívoco de reproche. Mientras explicaba el funcionamiento del aparato y ajustaba el lente, le parecía que al aventurarse más allá del mundo visible se había embarcado en un viaje más peligroso de lo que había imaginado.
Pero enseguida se recluyó en la obra maestra que coronaría este período: el célebre palacio del Rey, totalmente invisible al ojo desnudo. Las más de seiscientas habitaciones estarían completamente amuebladas y escrupulosamente presentadas en cada detalle, incluyendo juntas de cola de milano en los armarios, cerraduras que funcionaban en los cajones y quince docenas de juegos completos de cuchillos, tenedores y cucharas cincelados en plata, cada una con la insignia real –una corona y espadas cruzadas- trabajadas sobre el mango.
Durante la construcción de su palacio más-allá-del-lente, el hacedor de miniaturas hizo varias visitas al palacio de juguete original y se sorprendía cada vez con la vasta construcción que alcanzaba casi la altura de sus hombros. Las sillas de la recámara del consejo eran del tamaño de sus puños. Desde que su trabajo había hecho un giro leve pero necesario, su extraño, inexplicable viraje que lo alejaba de la clásica pequeñez hacia otro reino más dudoso, sus dos aprendices habían asumido la tarea de construir los muebles para el palacio de juguete del Rey. Y el Maestro vio que era bueno: estaban preparados para los grandes y llamativos efectos; tal vez él había sido demasiado duro al confinarlos a los trabajos elementales, en los días en los que tales cosas le preocupaban.
Un día, mientras miraba un escritorio en el palacio de juguete del Rey, el hacedor de miniaturas cayó en un ensueño. Unido a un cajón del escritorio había un par de manijas con cabeza de león, que alguna vez le parecieron lo más alto de la elegancia y que le habían costado tres días de trabajo. El objeto más pequeño en el palacio de juguete era una aguja de plata no más ancha que un pelo. Pensó, no sin orgullo, que el palacio entero que ahora estaba construyendo debajo del lente, con sus más de seiscientas habitaciones, y sus jardines, y sus huertos, podría caber en el ojo de esa aguja.
Pero aún cuando se sumergió en las profundidades de su pequeño mundo, sintió dentro suyo un leve escozor, pues sabía que su palacio, ni siquiera eso, podría contentarlo por mucho tiempo, pues tal hazaña, aunque ardua, no era más que la conquista de un reino conocido, el reino crepuscular del mundo revelado por su lente, y ansiaba un mundo tan pequeño que todavía no podía imaginarlo. Mientras trabajaba en su palacio, este deseo creció y él pareció percibir difusamente, apenas fuera de alcance, más allá de su visión interior, un reino más lejano.
Comenzó a verlo con mayor claridad y creciente agitación, aunque admitió que no era tanto una visión como un deseo que se solidifica gradualmente en una certeza. Aunque el material con el que ahora trabajaba era tan diminuto que era invisible al ojo, todavía lo invisible se volvía visible con el lente. Si para otros él parecía un mago que permitía ver lo no visto, en realidad, trabajaba completamente en el mundo visible. Era un mundo esquivo y ambiguo, que se desvanecía en lo invisible tan pronto cómo se le retirara el lente, pero aún así estaba demasiado lejos del reino puramente invisible que intuía apenas más allá. Y anheló construir objetos tan pequeños que escaparan del poder del lente mediador, que permanecieran sumergidos en el oscuro reino de lo invisible.
Comenzó como siempre con un objeto sencillo: una caja oblonga de marfil con una superficie deslizante. Aunque la caja era tan maravillosamente pequeña que permanecía invisible aún a través del lente, continuó usando el visor de teca con la superficie curva y los lentes móviles, ya que el aparato familiar le ayudaba a concentrar su atención y mantener firmes sus dedos. La caja de marfil, que ni una vez emergió de su mundo oculto para revelarse al ojo del Maestro, fue completada en siete días. Con su ojo interior, lo contempló con calma y sintió una quieta euforia. A pesar de no tener evidencia visible, estaba seguro de su perfección formal, de la elegante precisión de sus partes: nunca había trabajado con tanto cuidado.
De inmediato se dedicó a una tarea más ambiciosa: un pavo real en haya con la cola desplegada. El encantador pavo, radiante con colores no vistos, le llevó casi tres semanas. Cuando terminó sintió que estaba listo para la tarea para la cual se había estado preparando secretamente: un reino imaginario.
Así que se dispuso a trabajar en su reino invisible, con sus ciudades amuralladas y ríos sinuosos, sus bosques de hayas y abetos, sus minas de cobre y las torres de sus templos, sus cucharas y sus insectos. Al final del año había terminado sólo una ciudad. La ciudad tenía calles adoquinadas y mercados, canastas de uvas en los puestos de los vendedores de frutas, casas de mercaderes con terrazas de columnas que daban a jardines, botellas individuales en las tiendas de sopladores de vidrio. Se sintió cansado y animado, y al imaginar todo lo que restaba por hacer desplegándose ante él como una aventura inmensa, deseó poder revelar su obra a alguien, como alguna vez pudo. El aislamiento de su trabajo nunca le había sido opresivo, pero de vez en cuando, en las pausas del día, sentía un toque de soledad. El Rey ya no lo llamaba, y sus aprendices se habían mudado a una recámara adyacente, y habían tomado a sus propios aprendices.
Un tarde, cuando estaba sumergido profundamente en su reino invisible, golpearon a la puerta de su recámara. Sacando la mitad de su cabeza de la caja de teca, el hacedor de miniaturas invitó al visitante a entrar. La puerta se abrió y entraron dos de los cuatro aprendices nuevos. Se disculparon por interrumpir al maestro en su trabajo, pero explicaron que admiraban desde hacía tiempo su arte insuperable y no habían podido resistir el deseo de presentar sus respetos y rogarle por novedades sobre su obra más reciente, sobre la que habían escuchado noticias confusas y contradictorias. Sus propias obras eran todavía primitivas e insignificantes; apenas tenían la habilidad para crear la pata de una meza, y esperaban que una visita al Maestro les enseñara e inspirara. El Maestro supo en seguida que los aprendices, ambos jóvenes, estaban muy seguros de ellos mismos y que se rebajaban sólo por delicadeza. Pero la soledad de sus últimos meses fue aliviada por esas palabras de homenaje. Era cierto, no podrían ver nada, ya que había caído por debajo del piso de lo visible, pero tal vez podrían intuir de alguna manera, como él mismo lo hacía en las oscuras profundidades de su mente, el esplendor y la precisión de su arte invisible.
El primer aprendiz se inclinó hacia el lente en la superficie curva de la caja de teca. Luego de unos momentos, se hizo a un lado y dejó que el segundo aprendiz se inclinara hacia el lente. Cuando ambos terminaron de observar, el más joven dijo que la obra del Maestro era ciertamente incomparable. Nunca en su corta vida había visto algo tan asombroso en su concepción y ejecución. De inmediato, el segundo aprendiz declaró su admiración diciendo que ni siquiera en sueños se había atrevido a imaginar tal encanto, y que realmente era el mayor de los honores el mero estar en la presencia de tan grandioso logro. Luego los dos aprendices agradecieron al Maestro por honrarlos con su atención y salieron respetuosamente. El hacedor de miniaturas sabía que no habían visto nada, que sus palabras estaban vacías y que nunca volverían, y regresó con cierta impaciencia a su trabajo; y mientras se hundía por debajo de la corteza del mundo visible en su deslumbrante reino, comprendió que había hecho un largo viaje desde sus años de juventud, que todavía le quedaba mucho por recorrer y que, de ahora en adelante, su vida sería difícil y no tendría misericordia.
Este cuento pertenece fue publicado orignalmente en The New Yorker . La traducción es mía . Si alguien quiere corregira, bienvenido sea.