Si uno quiere que su blog se lea, aprendí el otro día, debe seguir algunas reglas que aseguren su visibilidad en los buscadores. Esto no garantizará la lectura -como la lectura no garantiza satisfacción-, pero nos permite al menos comprar el boleto a la existencia virtual, si es que eso tiene algún mérito.
Así, por ejemplo, se recomienda usar la llamada palabra clave en el título, en el primer párrafo y en distintos momentos de la nota. También conviene utilizar sinónimos de las palabras claves, y claro, las etiquetas, que permiten clasificar el texto y empaquetarlo para el consumidor –encuentro esto muy útil, debo confesar-. Mal que mal, el sistema funciona y por alguna razón, los textos llegan a destino, como lo demuestra, este blog que para miera casi secreto y que, sin ningun esfuerzo, ha sido leído al menos una vez por un -literalmente- puñado de generosos extraños.
La actualización regular, es también otra condición para la entrega de nuestro pasaporte, lo que puede sonar muy razonable, pero no siempre es feliz. En estos días una publicidad de Movistar o de Personal presenta a un verborrágico personaje anunciando no sé que oferta o modificación en el sistema de comunicaciones por celular que, oh sorpresa, nos permitirá hablar y “mensajear” (sic) más por menos plata, de donde, concluye con lógica impecable, el problema pasará a ser encontrar nuevos temas de qué hablar. Como si el hablar o el escribir fueran independientes de los sujetos que hablan y escriben, y cómo si, en el fondo, fueran las palabras, su mera grafía o sonoridad lo único que realmente importa.
El movimiento es doble: de un lado se encorceta la escritura para que se tolerable (“no hay tiempo que perder… ¿qué es lo que en verdad querés decir”’) por otro, se lo libera del referente y del sujeto (“decí algo, cualquier cosa, pero hablá”). La utopía negativa no es la de la suma del conocimiento humano sino la mera combinatoria de significantes. Me imagino en un futuro no tan lejano a un hombre con todas las posibilidades de comunicación a su alcance –tal vez ya no necesite más que pensar y dirigir su pensamiento-, sin nada que decir. Me lo imagino miserable. Todo esto me recuerda a la Biblioteca de Babel. Escribe Borges:
“El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz).”
Nada de esto es nuevo, claro y no es ajeno por ejemplo al llamado lenguaje periodístico, pero aquí no hay ninguna empresa que nos imponga su lenguaje, más bien el lenguaje está en el aire (en el eter), por así decir, y lo tomamos o no. En otras palabras: tal vez en algún momento tendremos que decidir –aunque más no sea como colectivo indiferenciado de usuarios-si habrá espacio para una poética del ser humano –en la que el silencio es vital-, o si ésta será más bien el tesoro oculto que se filtra gracias una suma de accidentes entre las grietas de un lenguaje burocrático ya sin nada relevante por decir.