Dispuestos a saltar al primer bote
Tres destinos importan, en principio, en la Colonia Penitenciaria, el célebre relato de Kafka. El del explorador, un extranjero que sin que sepamos bien por qué -tal vez ha sido enviado por las nuevas autoridades- ha llegado a observar (a ¿juzgar?) un dispositivo de tortura y ejecución. El del oficial, que explica, se diría con pasión y con verdadera desesperación el dispositivo, y con él, la era de la que se siente el último representante. Una era que intuye, ha llegado a su fin, pues a diferencia del antiguo comandante, el nuevo parece no comprender la sutileza del arte del castigo ni su necesidad. Y, naturalmente, el del condenado, quien custodiado por el anónimo soldado asiste sin entender una palabra a las explicaciones de una horrible muerte que ha de ser suya. Estos destinos se resuelven con bastante rapidez: el oficial no ha podido ganarse el favor del explorador, lo que significa que nadie lo defenderá ante el nuevo comandante. El condenado, que entretanto se ha hecho amigo del soldado es perdonado y su lugar lo ocupa ahora el oficial que ha decido inmolarse luego de agotar sus últimos esfuerzos. El explorador, que ha rechazado intervenir a su favor y que ha sellado pues, su destino, emprende el viaje de regreso sin que, una vez más, sepamos qué es lo que piensa ni qué es lo que la experiencia le ha dejado.
El relato parece haberse agotado, sus hilos, prolijamente cortados. Queda sí todavía una revelación en forma de epitafio acerca del destino del antiguo comandante, y por lo tanto, también el del oficial, pero a mí me interesa otra revelación, otro destino, que en Kafka aguarda siempre en la sombra, y que, se me hace, define un vasto territorio de esa geografía que conocemos como lo kafkiano.
Y entonces, este fantástico final:
“El soldado y el condenado habían encontrado algunos conocidos en la confitería, y se quedaron conversando. Pero pronto se desligaron de ellos, porque cuando el explorador se encontraba por la mitad de la larga escalera que descendía hacia la orilla, lo alcanzaron corriendo. Probablemente querían pedirle a último momento que los llevara consigo. Mientras el explorador discutía abajo con un barquero el precio del transporte hasta el vapor, se precipitaron ambos por la escalera, en silencio, porque no se atrevían a gritar. Pero cuando llegaron abajo, el explorador ya estaba en el bote, y el barquero acababa de desatarlo de la costa. Todavía podían saltar dentro del bote, pero el explorador alzó del fondo del barco un cable pesado, los amenazó con él y evitó que saltaran.”
El soldado y el condenado pertencen a esa galería kafkiana de personajes secundarios, casi niños, casi humanos, sin mayor inteligencia ni sentido de la moral, pero siempre perturbadores, que enloquecen a los K, siguiéndolos sin muchas ganas pero implacablemente, como un par de perros hambrientos. Hasta aquí habían estado siempre en segundo plano, desequilibrando un poco el cuadro e interrumpiendo de a ratos con pincelazos de comedia e irrealidad el tenso contrapunto entre el oficial y el explorador. Poco sabemos de ellos, salvo que no parecen comprender la gravedad de la escena. Cuando esta tensión se resuelve y el oficial ha muerto, ambos son libres. Pero entonces, ¿por qué siguen al explorador? ¿Qué es lo que hace que hombres libres como ellos, como nosotros, estemos dispuestos a saltar al primer bote? ¿De qué huimos y hacia dónde vamos?