Hacerlo de parado
No deja de ser curioso, a veces, como, los modos de escribir se abren paso en lo escrito y perturban los relatos. Pienso en Thomas Bernhard y de cómo sus pulmones sobrevivientes de varias batallas (salvo, naturalmente, la última), dieron aliento a una prosa rítmica y asfixiante, en la que la estructura de la frase y las novelas privan al lector del respiro que sí ofrece la puntuación como Dios manda .
Pessoa, se dice, escribía de pie y hay algo en ese gesto excéntrico o en su mitología, que desprende un aire de irredimible melancolía, de la escritura como un acto íntimo y solitario que debe empezar siempre de nuevo hasta en sus gestos más elementales, y que tal vez exige de su practicante cierto ascetismo que la literatura, a su vez, retribuye con alguna clase de purificación.
Un asceta que a mí se me hace pariente del portugués es Kafka. Kafka escribía por oleadadas. De noche, en una habitación donde se muere de frío y envuelto como mucho en una manta, podía escribir un cuento clásico antes de que salga el sol o escribir varias obras maestras simultáneamente, en unos pocos meses. Pero claro: una vez que la ola rompe en la orilla, el silencio es siempre mucho más intenso, y Kafka pasaba meses arrastrando una pena trágica, ¿pues qué es una sequía como esa sino tragedia para quien nunca quiso ser escritor sino literatura? Así que ahí están sus obras nomás, incompletas, por poco inéditas, a la espera de un cambio de marea que ya no llegará, como un perro al que su amo no volverá a pasear.