30 novelas y un solo libro
El otro día me dí cuenta de que leo una y otra vez la misma historia, no, no una historia, un mismo problema o circunstancia o como quieran llamarlo, con sus múltiples modulaciones.
Muchas veces al recorrer las librerías, busco en la primera página de los libros algo que me atraiga; la intensa condensación de una obra poderosa, la estela de una voz que toca alguna cuerda sensible; la nota justa en el lugar justo. Otras veces, leo un comentario en el diario o escucho al pasar una conversación y sé de inmediato sin mayor información, que esa historia o ese escritor es para mí, que tengo conseguir ese libro o algo muy malo me va a pasar, que una parte de mi estará incompleta y que, ahora que estoy avisado, será sólo mi culpa. Así que me dejo llevar por esa corriente que me lleva de una isla a otra, y luego a un pequeño archipiélago, y luego a otro, tal vez del otro lado del océano. Naturalmente las leyes del inconsciente ya no pueden ser novedad para nadie, pero encontrar las raíces profundas de un gusto como este sorprende siempre como una revelación íntima, y por lo tanto, algo incómoda.
Desde chico, siempre me sorprendió la historia de un hombre que al llegar a la costa de un afluente del amazonas desarmó, o en rigor ordenó desarmar -lo que no es un dato menor- el barco y volvió a armarlo en la costa opuesta para continuar el viaje por otro río. Supe después que durante la filmación de esta historia, Herzog logró una proeza análoga: subir el barco -ordenó subir-, un auténtico barco, a una montaña –en realidad una pendiente pronunciada-. Yo era un niño y no entendía sabía bien de qué se trataba, pero sabía que en esa historia había algo mío, como en un sueño se descubre una verdad secreta.
Después, Kafka. Me gusta Kafka por varias razones, pero ahora veo que una de las más importantes es la de que pone a sus personajes ante misiones imposibles (la banalidad inicial de la anécdota no altera este hecho). Mensajeros que tienen que atravesar un palacio y una ciudad (infinitos a todos los efectos prácticos), burocracias invisibles e impenetrables. In. Im. Ya quisieran ellos tener un barco que arrastrar por tierra.
Bernhard. Un filósofo o matemático tiene un proyecto delirante. Construye un Cono habitable en el centro geométrico del bosque de Kobernaus, un “entorno inhumano”, de dimensiones “inhumas”. En Helada, un estudiante de medicina es enviado a observar y documentar la conducta de un viejo pintor demente exiliado en el corazón de los Alpes. En La Calera, el protagonista se recluye en una fortaleza para entregarse por entero a un estudio “filosófico-científico” del oído humano, cuya primera página nunca escribirá. En El Malogrado, un pianista de talento se marchita hasta la aniquilación luego de escuchar la interpretación genial de una pieza musical. La idea, espero, se entiende.
Millhauser, de nuevo: a diferencia de los personajes de Bernhard que emprenden una obra imposible, los suyos construyen obras posibles hasta volverlas imposibles. No basta con crear un autómata que imite a la perfección al ser humano; pronto querrá lograr también su imperfección, de modo riguroso, que es la perfección, inalcanzable, de su arte. No bastará con crear un parque de diversiones que satisfaga las ilusiones y fantasías de sus visitantes; deberá también reempazar el mundo en el que viven. No alcanzará con lograr la emoción de casi perder la vida a manos de un lanzador de cuchillos. El secreto será naturalmente, perderla del todo.
Beckett, con sus personajes que no van a ninguna parte, se arrastran en ningún lado, esperan a nadie, pero, van, se arrastran, esperan. ¿Es forzarlo mucho? No me parece. Forzarlo mucho sería sumar a Dostoievski, por ejemplo, con sus personajes bigger than life (¿alguien conoce una expresión en castellano tan buena o mejor que esa?), pues ya el objeto de esa pasión es menos claro. Evidentemente hay algo de superhombre en todo esto, o de técnica provocante, al decir de heidegger, pero no es lo fundamental. Recomendable sobre este punto es la escena del documental Burden of Dreams sobre la filmación de Fitzcarraldo, en la que el ingeniero le explica que no se puede subir el barco con el sistema de poleas que estaban preparando porque podría costarle la vida a varios de los indios que como parte de esa enorme máquina de empujar “¿Cuántos?” pregunta Herzog.
Pero no es sólo eso. Es más bien la sensación de estar pedaleando en una bicicleta fija, de llegar a destino sólo para que se abra otro camino, y aún así elegirlo, porque no se encuentra otra forma mejor de ser humano y que incluso al máximo de nuestras posibilidades no somos más que seres trágicos y banales, pero nos tomamos con una seriedad suicida.
Todo esto me lo reveló un cuento de Millhauser en el que un miniaturista de la corte intenta superar su arte con piezas cada vez más pequeñas. Llevado al extremo, el artista consigue lentes de aumento pues la simple mirada desnuda no hace justicia a su arte. Pronto ni con el lente alcanza ya. Y sin embargo, el viejo maestro sigue del otro lado del vidrio, sin ver nada, convencido de que su mundo está allí, con todos sus detalles, con sus pequeños, invisibles cerrojos, y cajones más pequeños que la cabeza de un alfiler.
Ni siquiera sé cómo llegué hasta aquí, quizás la evocación del título del blog a Pessoa, entré y como está escrito: “Muchas veces al recorrer las librerías, busco en la primera página de los libros algo que me atraiga;”
Encontré que aquí, como en la historia del barco, “algo mío”, algo que no se sabe qué evoca en mí algo, que por ahora es sólo una sensación.
Así que me encontré con la primera página de este blog y algo me atrajo, ese hilo entretejiendo y labrando historias en un punto donde esa mirada cotidiana se pierde y sin embargo, está ahí como testimonio de un arte que se acrecienta en esa paradoja (de hecho estoy recordando alguna “pequeña historia” también, de Milorad Pavik de “Paisaje pintado con té).
Así que gracias por la historia,las historias y lo que cae en lo dicho, hace marca.
Saludos
Comentario por Susana — Mayo 16, 2008 @ 3:00 pm
Gracias a vos por tus palabras. Ya escribiré algo sobre Pavic, creo.
Comentario por Sebastián — Mayo 17, 2008 @ 11:21 pm