El blog del desasosiego

Mayo 28, 2008

Una camisa demasiado grande: sobre el Libro del desasosiego

Archivado en: literatura — Sebastián @ 2:28 am
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Sé esto: hay muchos libros, algunos son buenos, otros muy buenos, muy pocos, probablemente, obras maestras. Y también, está el Libro del Desasosiego. Todo en este libro me parece único, y maravilloso, y triste, y solitario como su narrador, como si tampoco a él le fuera dado reposar con los de su clase.

Pessoa no sólo dejó una vasta obra inédita sino también incompleta, y es que el Libro del Desasosiego pertenece a esa estirpe de libros interminables, o que sólo se terminan con la muerte de su autor y que sólo nos llegan por el pulso firme y, en un punto indiferente, de un editor, que elige no mirar de frente la ambición y la desgracia que lo ha hecho nacer. Con sus prosa única, su poesía, los jirones de pensamientos y observaciones que, partiendo de lo trivial, hunden no obstante un cuchillo helado en el corazón de cualquier hombre con algún nervio sensible, lo que en este libro vale no es tanto la compleja meditación de su concepción como un diseño que se impone sin razón ni azar ni providencia, al modo en que crecen los corales. Poco importa que los fragmentos hayan sido reensamblados por sus editores; la potencia está a la vez en las partes y en el conjunto y por eso no vale la pena diseccionarlo. A quien conozca un logro similar, le ruego que me lo haga saber.

“Saber que será mala la obra que no se hará nunca. Peor, sin embargo, será la que nunca se haga. La que se hace queda, por lo menos, hecha. Será pobre pero existe, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina tullida. Esta planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, y reconozco que es malo, puede también proporcionar unos momentos de distracción de algo peor a un u otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero sirve de alguna manera, y así es toda la vida.”

No hay, creo, otra forma de dar cuenta del alma humana, sea ésta lo que fuera, -o del vacío que hay en su lugar- que con metáforas. Pero las metáforas siempre se quedan cortas y de esa debilidad el libro adquiere una potencia adicional. Si Pessoa gira siempre lo mismo, si cada fragmento contiene al siguiente y al libro en su conjunto, es sólo porque está cavando, cada vez más abajo, cada vez más profundo, aunque sin suerte, pues el que nada espera, nada encuentra; a lo sumo, el placer de levantar y hundir la pala en la tierra húmeda.

“Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.”

Revisando lo hasta aquí escrito me doy cuenta de que exageré con las metáforas y me avergüenzo un poco como si hubiera revelando en realidad algo demasiado cercano . Tal vez por eso el desasosiego y el blog, o los blogs del desasosiego tienen hoy tan mala prensa, como si no fueran más que esfuerzos vanos de expresar una neurosis tan personal y a la vez tan común que ya a nadie importa (y muchas veces es así nomás). Lo que se agita en el libro de Pessoa, en cambio, no es la trivialidad de la confesión exhibicionista, sino una cosmovisión perfectamente condensada y articulada que pesa sobre nuestras espaldas desde hace más de un siglo. Antes de que Godot haga su célebre desplante, antes que la posmodernidad sea palabra, antes, en fin, de que los EMOS sufran la ira de los fotologers, existía este texto secreto en un baúl repleto de maravillas.

Pocos libros se me hacen tan vivos, aunque lo que sobra no es vitalidad sino letargo y sueño, como un animal tímido que se repliega en su jaula, indiferente a quien lo mira.

“Es necesario cierto coraje intelectual para que un individuo reconozca valerosamente que no pasa de ser un harapo humano, aborto superviviente, loco todavía fuera de las fronteras de la internabilidad; pero es preciso todavía más valor de espíritu para, reconocido esto, crear una adaptación perfecta a su destino, aceptar sin rebeldía, sin resignación, sin gesto alguno, o esbozo de gesto, la maldición orgánica que me ha impuesto la Naturaleza. Querer que no sufra con esto es querer demasiado, porque no cabe en el ser humano el aceptar el mal, viéndolo bien, y llamarle bien; y, aceptándolo como mal, no es posible no sufrir con él”.

¿En que creer sin en nada se cree? ¿A dónde ir desde ningún lugar? ¿De quién recibir consuelo si todos estamos solos? ¿Para qué lamentarse? El narrador pareciera ser alguien a cada expiración le recuerda el insoportable mecanismo de la respiración. Como si al despertar, la vida quedara adherida a la almohada y tuviera que despegarla con cuidado, cada mañana, y vestirla como una camisa que le ha quedado muy grande, o muy chica.

Mayo 23, 2008

Oh tiempo tus pirámides (1era parte)

Archivado en: Uncategorized — Sebastián @ 3:41 pm
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Si uno quiere que su blog se lea, aprendí el otro día, debe seguir algunas reglas que aseguren su visibilidad en los buscadores. Esto no garantizará la lectura -como la lectura no garantiza satisfacción-, pero nos permite al menos comprar el boleto a la existencia virtual, si es que eso tiene algún mérito.

Así, por ejemplo, se recomienda usar la llamada palabra clave en el título, en el primer párrafo y en distintos momentos de la nota. También conviene utilizar sinónimos de las palabras claves, y claro, las etiquetas, que permiten clasificar el texto y empaquetarlo para el consumidor –encuentro esto muy útil, debo confesar-. Mal que mal, el sistema funciona y por alguna razón, los textos llegan a destino, como lo demuestra, este blog que para miera casi secreto y que, sin ningun esfuerzo, ha sido leído al menos una vez por un -literalmente- puñado de generosos extraños.

La actualización regular, es también otra condición para la entrega de nuestro pasaporte, lo que puede sonar muy razonable, pero no siempre es feliz. En estos días una publicidad de Movistar o de Personal presenta a un verborrágico personaje anunciando no sé que oferta o modificación en el sistema de comunicaciones por celular que, oh sorpresa, nos permitirá hablar y “mensajear” (sic) más por menos plata, de donde, concluye con lógica impecable, el problema pasará a ser encontrar nuevos temas de qué hablar. Como si el hablar o el escribir fueran independientes de los sujetos que hablan y escriben, y cómo si, en el fondo, fueran las palabras, su mera grafía o sonoridad lo único que realmente importa.

El movimiento es doble: de un lado se encorceta la escritura para que se tolerable (“no hay tiempo que perder… ¿qué es lo que en verdad querés decir”’) por otro, se lo libera del referente y del sujeto (“decí algo, cualquier cosa, pero hablá”). La utopía negativa no es la de la suma del conocimiento humano sino la mera combinatoria de significantes. Me imagino en un futuro no tan lejano a un hombre con  todas las posibilidades de comunicación a su alcance –tal vez ya no necesite más que pensar y dirigir su pensamiento-, sin nada que decir. Me lo imagino miserable. Todo esto me recuerda a la Biblioteca de Babel. Escribe Borges:

“El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz).”

Nada de esto es nuevo, claro y no es ajeno por ejemplo al llamado lenguaje periodístico, pero aquí no hay ninguna empresa que nos imponga su lenguaje, más bien el lenguaje está en el aire (en el eter), por así decir, y lo tomamos o no. En otras palabras: tal vez en algún momento tendremos que decidir –aunque más no sea como colectivo indiferenciado de usuarios-si habrá espacio para una poética del ser humano –en la que el silencio es vital-, o si ésta será más bien el tesoro oculto que se filtra gracias una suma de accidentes entre las grietas de un lenguaje burocrático ya sin nada relevante por decir.

Mayo 19, 2008

Dispuestos a saltar al primer bote

Archivado en: literatura — Sebastián @ 11:44 pm
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Tres destinos importan, en principio, en la Colonia Penitenciaria, el célebre relato de Kafka. El del explorador, un extranjero que sin que sepamos bien por qué -tal vez ha sido enviado por las nuevas autoridades- ha llegado a observar (a ¿juzgar?) un dispositivo de tortura y ejecución. El del oficial, que explica, se diría con pasión y con verdadera desesperación el dispositivo, y con él, la era de la que se siente el último representante. Una era que intuye, ha llegado a su fin, pues a diferencia del antiguo comandante, el nuevo parece no comprender la sutileza del arte del castigo ni su necesidad. Y, naturalmente, el del condenado, quien custodiado por el anónimo soldado asiste sin entender una palabra a las explicaciones de una horrible muerte que ha de ser suya. Estos destinos se resuelven con bastante rapidez: el oficial no ha podido ganarse el favor del explorador, lo que significa que nadie lo defenderá ante el nuevo comandante. El condenado, que entretanto se ha hecho amigo del soldado es perdonado y su lugar lo ocupa ahora el oficial que ha decido inmolarse luego de agotar sus últimos esfuerzos. El explorador, que ha rechazado intervenir a su favor y que ha sellado pues, su destino, emprende el viaje de regreso sin que, una vez más, sepamos qué es lo que piensa ni qué es lo que la experiencia le ha dejado.

El relato parece haberse agotado, sus hilos, prolijamente cortados. Queda sí todavía una revelación en forma de epitafio acerca del destino del antiguo comandante, y por lo tanto, también el del oficial, pero a mí me interesa otra revelación, otro destino, que en Kafka aguarda siempre en la sombra, y que, se me hace, define un vasto territorio de esa geografía que conocemos como lo kafkiano. 

Y entonces, este fantástico final:

El soldado y el condenado habían encontrado algunos conocidos en la confitería, y se quedaron conversando. Pero pronto se desligaron de ellos, porque cuando el explorador se encontraba por la mitad de la larga escalera que descendía hacia la orilla, lo alcanzaron corriendo. Probablemente querían pedirle a último momento que los llevara consigo. Mientras el explorador discutía abajo con un barquero el precio del transporte hasta el vapor, se precipitaron ambos por la escalera, en silencio, porque no se atrevían a gritar. Pero cuando llegaron abajo, el explorador ya estaba en el bote, y el barquero acababa de desatarlo de la costa. Todavía podían saltar dentro del bote, pero el explorador alzó del fondo del barco un cable pesado, los amenazó con él y evitó que saltaran.”

El soldado y el condenado pertencen  a esa galería kafkiana de personajes secundarios, casi niños, casi humanos, sin mayor inteligencia ni sentido de la moral, pero siempre perturbadores, que enloquecen a los K, siguiéndolos sin muchas ganas pero implacablemente, como un par de perros hambrientos. Hasta aquí habían estado siempre en segundo plano, desequilibrando un poco el cuadro e interrumpiendo de a ratos con pincelazos de comedia e irrealidad el tenso contrapunto entre el oficial y el explorador. Poco sabemos de ellos, salvo que no parecen comprender la gravedad de la escena. Cuando esta tensión se resuelve y el oficial ha muerto, ambos son libres. Pero entonces, ¿por qué siguen al explorador? ¿Qué es lo que hace que hombres libres como ellos, como nosotros, estemos dispuestos a saltar al primer bote? ¿De qué huimos y hacia dónde vamos?

Mayo 17, 2008

Admisión de culpa

Archivado en: Uncategorized — Sebastián @ 1:04 am
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Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.
Al principio, Chuang Tzu pensó que la confusión se disiparía de a poco con el correr de las horas, como un sueño que se apaga entrada la mañana, pero para el mediodía, tuvo que admitir que no podría sacudírsela ya del cuerpo. Unas veces, como cuando caminaba por el parque hasta las oficinas de la calle Huang-Chiek, estaba seguro de ser una mariposa, y sus pasos se hacían cada vez más ligeros y rápidos, y estaba seguro de que, de un momento a otro, podría volar el resto del camino, por lo que se cuidaba especialmente de no tocar a nadie, temeroso de que cualquier contacto, incluso el de una mujer, aplastara su frágil cuerpo al momento de levantar vuelo. Otras veces, como cuando emprendía el camino de regreso hacia los barrios bajos -un camino con subidas y bajadas, tramos a campo traviesa por baldíos y otros meandros- Chuang Tzu se convencía de que era un hombre, aunque no podía saber si era un hombre feliz o infeliz, viejo o joven. En el fondo, pensaba con melancolía Chuang Tzu, sabía tan poco de mariposas como de hombres.

Mayo 16, 2008

Hacerlo de parado

Archivado en: literatura — Sebastián @ 5:50 pm
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No deja de ser curioso, a veces, como, los modos de escribir se abren paso en lo escrito y perturban los relatos. Pienso en Thomas Bernhard y de cómo sus pulmones sobrevivientes de varias batallas (salvo, naturalmente, la última), dieron aliento a una prosa rítmica y asfixiante, en la que la estructura de la frase y las novelas privan al lector del respiro que sí ofrece la puntuación como Dios manda .

Pessoa, se dice, escribía de pie y hay algo en ese gesto excéntrico o en su mitología, que desprende un aire de irredimible melancolía, de la escritura como un acto íntimo y solitario que debe empezar siempre de nuevo hasta en sus gestos más elementales, y que tal vez exige de su practicante cierto ascetismo que la literatura, a su vez, retribuye con alguna clase de purificación.

Un asceta que a mí se me hace pariente del portugués es Kafka. Kafka escribía por oleadadas. De noche, en una habitación donde se muere de frío y envuelto como mucho en una manta, podía escribir un cuento clásico antes de que salga el sol o escribir varias obras maestras simultáneamente, en unos pocos meses. Pero claro: una vez que la ola rompe en la orilla, el silencio es siempre mucho más intenso, y Kafka pasaba meses arrastrando una pena trágica, ¿pues qué es una sequía como esa sino tragedia para quien nunca quiso ser escritor sino literatura? Así que ahí están sus obras nomás, incompletas, por poco inéditas, a la espera de un cambio de marea que ya no llegará, como un perro al que su amo no volverá a pasear.

Mayo 12, 2008

30 novelas y un solo libro

Archivado en: literatura — Sebastián @ 11:42 pm
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El otro día me dí cuenta de que leo una y otra vez la misma historia, no, no una historia, un mismo problema o circunstancia o como quieran llamarlo, con sus múltiples modulaciones. 

Muchas veces al recorrer las librerías, busco en la primera página de los libros algo que me atraiga; la intensa condensación de una obra poderosa, la estela de una voz que toca alguna cuerda sensible; la nota justa en el lugar justo. Otras veces, leo un comentario en el diario o escucho al pasar una conversación y sé de inmediato sin mayor información, que esa historia o ese escritor es para mí, que tengo conseguir ese libro o algo muy malo me va a pasar, que una parte de mi estará incompleta y que, ahora que estoy avisado, será sólo mi culpa. Así que me dejo llevar por esa corriente que me lleva de una isla a otra, y luego a un  pequeño archipiélago, y luego a otro, tal vez del otro lado del océano. Naturalmente las leyes del inconsciente ya no pueden ser novedad para nadie, pero encontrar las raíces profundas de un gusto como este sorprende siempre como una revelación íntima, y por lo tanto, algo incómoda.

Desde chico, siempre me sorprendió la historia de un hombre que al llegar a la costa de un afluente del amazonas desarmó, o en rigor ordenó desarmar -lo que no es un dato menor- el barco y volvió a armarlo en la costa opuesta para continuar el viaje por otro río. Supe después que durante la filmación de esta historia, Herzog logró una proeza análoga: subir el barco -ordenó subir-, un auténtico barco, a una montaña –en realidad una pendiente pronunciada-. Yo era un niño y no entendía sabía bien de qué se trataba, pero sabía que en esa historia había algo mío, como en un sueño se descubre una verdad secreta. 

Después, Kafka. Me gusta Kafka por varias razones, pero ahora veo que una de las más importantes es la de que pone a sus personajes ante misiones imposibles (la banalidad inicial de la anécdota no altera este hecho). Mensajeros que tienen que atravesar un palacio y una ciudad (infinitos a todos los efectos prácticos), burocracias invisibles e impenetrables. In. Im. Ya quisieran ellos tener un barco que arrastrar por tierra.

Bernhard. Un filósofo o matemático tiene un proyecto delirante. Construye un Cono habitable en el centro geométrico del bosque de Kobernaus, un “entorno inhumano”, de dimensiones “inhumas”. En Helada, un estudiante de medicina es enviado a observar y documentar la conducta de un viejo pintor demente exiliado en el corazón de los Alpes. En La Calera, el protagonista se recluye en una fortaleza  para entregarse por entero a un estudio “filosófico-científico” del oído humano, cuya primera página nunca escribirá.  En El Malogrado, un pianista de talento se marchita hasta la aniquilación luego de escuchar la interpretación genial de una pieza musical. La idea, espero, se entiende.

Millhauser, de nuevo: a diferencia de los personajes de Bernhard que emprenden una obra imposible, los suyos construyen obras posibles hasta volverlas imposibles. No basta con crear un autómata que imite a la perfección al ser humano; pronto querrá lograr también su imperfección, de modo riguroso, que es la perfección, inalcanzable, de su arte. No bastará con crear un parque de diversiones que satisfaga las ilusiones y fantasías de sus visitantes; deberá también reempazar el mundo en el que viven. No alcanzará con lograr la emoción de casi perder la vida a manos de un lanzador de cuchillos. El secreto será naturalmente, perderla del todo.

Beckett, con sus personajes que no van a ninguna parte, se arrastran en ningún lado, esperan a nadie, pero, van, se arrastran, esperan. ¿Es forzarlo mucho? No me parece. Forzarlo mucho sería sumar a Dostoievski, por ejemplo, con sus personajes bigger than life (¿alguien conoce una expresión en castellano tan buena o mejor que esa?), pues ya el objeto de esa pasión es menos claro. Evidentemente hay algo de superhombre en todo esto, o de técnica provocante, al decir de heidegger, pero no es lo fundamental. Recomendable sobre este punto es la escena del documental Burden of Dreams sobre la filmación de Fitzcarraldo, en la que el ingeniero le explica que no se puede subir el barco con el sistema de poleas que estaban preparando porque podría costarle la vida a varios de los indios que como parte de esa enorme  máquina de empujar “¿Cuántos?” pregunta Herzog.

Pero no es sólo eso. Es más bien la sensación de estar pedaleando en una bicicleta fija, de llegar a destino sólo para que se abra otro camino, y aún así elegirlo, porque no se encuentra otra forma mejor de ser humano y que incluso al máximo de nuestras posibilidades no somos más que seres trágicos y banales, pero nos tomamos con una seriedad suicida.

Todo esto me lo reveló un cuento de Millhauser en el que un miniaturista de la corte intenta superar su arte con piezas cada vez más pequeñas. Llevado al extremo, el artista consigue lentes de aumento pues la simple mirada desnuda no hace justicia a su arte. Pronto ni con el lente alcanza ya. Y sin embargo, el viejo maestro sigue del otro lado del vidrio, sin ver nada, convencido de que su mundo está allí, con todos sus detalles, con sus pequeños, invisibles cerrojos, y cajones más pequeños que la cabeza de un alfiler.

 

 

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