Una camisa demasiado grande: sobre el Libro del desasosiego
Sé esto: hay muchos libros, algunos son buenos, otros muy buenos, muy pocos, probablemente, obras maestras. Y también, está el Libro del Desasosiego. Todo en este libro me parece único, y maravilloso, y triste, y solitario como su narrador, como si tampoco a él le fuera dado reposar con los de su clase.
Pessoa no sólo dejó una vasta obra inédita sino también incompleta, y es que el Libro del Desasosiego pertenece a esa estirpe de libros interminables, o que sólo se terminan con la muerte de su autor y que sólo nos llegan por el pulso firme y, en un punto indiferente, de un editor, que elige no mirar de frente la ambición y la desgracia que lo ha hecho nacer. Con sus prosa única, su poesía, los jirones de pensamientos y observaciones que, partiendo de lo trivial, hunden no obstante un cuchillo helado en el corazón de cualquier hombre con algún nervio sensible, lo que en este libro vale no es tanto la compleja meditación de su concepción como un diseño que se impone sin razón ni azar ni providencia, al modo en que crecen los corales. Poco importa que los fragmentos hayan sido reensamblados por sus editores; la potencia está a la vez en las partes y en el conjunto y por eso no vale la pena diseccionarlo. A quien conozca un logro similar, le ruego que me lo haga saber.
“Saber que será mala la obra que no se hará nunca. Peor, sin embargo, será la que nunca se haga. La que se hace queda, por lo menos, hecha. Será pobre pero existe, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina tullida. Esta planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, y reconozco que es malo, puede también proporcionar unos momentos de distracción de algo peor a un u otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero sirve de alguna manera, y así es toda la vida.”
No hay, creo, otra forma de dar cuenta del alma humana, sea ésta lo que fuera, -o del vacío que hay en su lugar- que con metáforas. Pero las metáforas siempre se quedan cortas y de esa debilidad el libro adquiere una potencia adicional. Si Pessoa gira siempre lo mismo, si cada fragmento contiene al siguiente y al libro en su conjunto, es sólo porque está cavando, cada vez más abajo, cada vez más profundo, aunque sin suerte, pues el que nada espera, nada encuentra; a lo sumo, el placer de levantar y hundir la pala en la tierra húmeda.
“Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.”
Revisando lo hasta aquí escrito me doy cuenta de que exageré con las metáforas y me avergüenzo un poco como si hubiera revelando en realidad algo demasiado cercano . Tal vez por eso el desasosiego y el blog, o los blogs del desasosiego tienen hoy tan mala prensa, como si no fueran más que esfuerzos vanos de expresar una neurosis tan personal y a la vez tan común que ya a nadie importa (y muchas veces es así nomás). Lo que se agita en el libro de Pessoa, en cambio, no es la trivialidad de la confesión exhibicionista, sino una cosmovisión perfectamente condensada y articulada que pesa sobre nuestras espaldas desde hace más de un siglo. Antes de que Godot haga su célebre desplante, antes que la posmodernidad sea palabra, antes, en fin, de que los EMOS sufran la ira de los fotologers, existía este texto secreto en un baúl repleto de maravillas.
Pocos libros se me hacen tan vivos, aunque lo que sobra no es vitalidad sino letargo y sueño, como un animal tímido que se repliega en su jaula, indiferente a quien lo mira.
“Es necesario cierto coraje intelectual para que un individuo reconozca valerosamente que no pasa de ser un harapo humano, aborto superviviente, loco todavía fuera de las fronteras de la internabilidad; pero es preciso todavía más valor de espíritu para, reconocido esto, crear una adaptación perfecta a su destino, aceptar sin rebeldía, sin resignación, sin gesto alguno, o esbozo de gesto, la maldición orgánica que me ha impuesto la Naturaleza. Querer que no sufra con esto es querer demasiado, porque no cabe en el ser humano el aceptar el mal, viéndolo bien, y llamarle bien; y, aceptándolo como mal, no es posible no sufrir con él”.
¿En que creer sin en nada se cree? ¿A dónde ir desde ningún lugar? ¿De quién recibir consuelo si todos estamos solos? ¿Para qué lamentarse? El narrador pareciera ser alguien a cada expiración le recuerda el insoportable mecanismo de la respiración. Como si al despertar, la vida quedara adherida a la almohada y tuviera que despegarla con cuidado, cada mañana, y vestirla como una camisa que le ha quedado muy grande, o muy chica.