El blog del desasosiego

Enero 23, 2008

Una ingenuidad conmovedora: sobre August Eschenburg, constructor de autómatas

Archivado en: literatura — Sebastián @ 1:36 am
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“A veces -escribe Steven Millhauser- sucede así: El Destino entra a los tumbos en un callejón sin salida, y para incomodidad de todos tiene que rehacerse y probar de nuevo. También la Historia da constantes tumbos: las asombrosas ilusiones de movimiento producidas por el diorama de Daguerre no tuvieron ninguna relación con la historia del cine, que se vinculaba directamente con un juguete sencillo que ilustraba el fenómeno óptico conocida como persistencia de la visión. Con todo, quizá estos falsos virajes no sean tropiezos ni mucho menos; quizás sean desarrollos necesarios dentro de una trama demasiado compleja para aprehenderla de una sola vez. O acaso la verdad es que no hay ningún sino, ninguna trama, nada en absoluto salvo un hombre cansado que mira hacia atrás y lo olvida todo menos detalles dispersos que el acto mismo del recuerdo compone en un destino.”

Hasta este momento, el narrador había relatado cómo el joven aprendiz de relojero se ve arrebatado por la ilusión del movimiento de pequeñas figuras de juguete.

La fascinación de August crece y se moldea a medida que se enfrenta con versiones mejoradas de ese único mecanismo que le interesa: el movimiento humano. En su infancia, los espejos sucesivos de esa pasión son un reloj de cucú, una cajita de música, un cuadro cuyo revés oculta los engranajes que animan una escena vagamente pastoral. Pero desde la tarde en que August Eschenburg asiste a la función de un mago de feria, sólo viviría para perfeccionar la creación de autómatas. El camino del héroe y de la técnica coinciden, al menos en este tramo del viaje; a todo progreso técnico (de materiales, de instrumentos, de saberes) corresponde una mejora en el realismo de sus criaturas.

En un momento dado, el empresario Presendaz (estamos en el siglo XIX o comienzos del XX) propone a Eschenburg fabricar autómatas para las vidrieras de sus tiendas en Berlín. August sabe que el destino de su arte es otro, más alto y secreto, pero comprende que para alcanzarlo necesitará recursos que la relojería de su padre no puede darle. Pero la sociedad no dura pues los elegantes autómatas de Eschemburg, al principio una novedad bienvenida, son incapaces de retener la atención del público frente a versiones más burdas pero sensuales, capaces de adaptarse con mayor velocidad a las necesidades del mercado. Aquí, los caminos se bifurcan, y sólo resta que August se dé cuenta.

Técnica y artista avanzaron juntos, lanzados ambos hacia un futuro que sólo podía ser de perfección: el pasado contaba como aprendizaje y el presente era ilusión. Ilusión del movimiento, ilusión del progreso: desde aquella tarde frente al mago de feria y sus primitivos autómatas, él, que creyó en una técnica tan autónoma e irreconciliable como su arte (si se puede hacer mejor, ¿cómo no hacerlo?), que creyó también en la ilusión de los autómatas y se entregó luego con obstinación a crearla, pensó que la técnica era movida, ella misma, por engranajes. Pero las torpes imitaciones de los autómatas con culos sugerentes y amplios escotes, le enseñarían a desconfiar del relojero. Su desilusión, que con más de dos siglos de capitalismo, podría ser banal, es, en cambio, conmovedora.

August Eschenburg, de Steven Millhauser, Interzona, Junio – 2005

 

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