El blog del desasosiego

Enero 19, 2008

A la muerte de un panadero

Archivado en: vida cotidiana — Sebastián @ 3:56 pm
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Hoy murió un panadero. En uno de esos días de calor donde ni bien uno pisa la calle, el calor invade el cuerpo con la velocidad de una mecha encendida, detrás de la caja registradora, el corazón del panadero reventó de pronto, sin aviso, y lo fulminó en un instante. Era el panadero a quien mis compañeras de trabajo compraban todos los días las ensaladas de sus almuerzos, y con quien en más de una oportunidad discutían por la demora, o de quien se burlaban a veces por la kafkiana tarea de transmitir con fidelidad los ingredientes de la ensalada. Dos empleadas trajeron la noticia. Quise salir para que la negrura no me invadiera como el calor, quise huir como si la muerte fuera una enfermedad contagiosa y ya estuviera de este lado de las paredes de la oficina, pero entonces debía pasar frente a ellas y no me animé.

Las empleadas se disculparon por la demora, que ya había desatado minutos antes la burla amarga de mis compañeras: no había forma que los pedidos llegaran a tiempo. Explicaron que el panadero había muerto de un paro cardíaco “masivo” tras la caja registradora. La voz de la más joven se quebró en seguida y me recorrió un escalofrío. Yo no las ví, no quise asomar mi cabeza, y me oculté como una tortuga, tras las paredes de mi “box”, como si por alguna razón trajeran la muerte de mi difunto tío y de mi padre vivo en sus pequeñas bolsitas, junto con las ensaladas. El llanto de la desconocida hizo estallar por un segundo esa distancia que impone la transacción económica. Varios pensamientos me deprimieron al instante. Por empezar que la chica no tuviera más desahogo que unas clientas no especialmente simpáticas, para la terrible escena que seguramente presenció, el hecho de que cumplieran absurdamente con su pedido, cuando quizás en el instante en que el corazón del panadero dejó de latir su propia suerte se decidía. Con voz más asustada que triste, la mayor de las empleadas explicó que había muchos problemas en la panadería, (era además de quien tomaba los pedidos y cobraba, el dueño) que se trabajaba mal, que nunca llegaban a tiempo a cumplir con nadie, cosa que sabíamos de sobra, y entonces sí pensé en el panadero a quien no conocía, con quien nunca hablé, a quien nunca compré nada, a quien imaginaba gordo pero era flaco y más joven de lo que creía. Pensé: ¿habrá muerto por su trabajo? Ese pensamiento me deprimió aún más: si hay suerte y no morimos por mano ajena, morimos como moscas por mecanismos que no entendemos o por cosas que no valen la pena. Malentendidos. En algún momento de una mañana calurosa hasta lo insportable, el corazón del panadero estalló, y para él todo terminó en un segundo. Sin explicaciones ni despedidas ni largas o cortas agonías. Desde ese momento, mis compañeras se quedaron sin sus ensaladas.

 

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