El blog del desasosiego

Enero 25, 2008

Condena y redención del emoticón en 22 líneas

Archivado en: Uncategorized — Sebastián @ 10:14 pm
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Es posible que alguna vez, en algún, lugar el debate de y sobre apocalípticos e integrados haya tenido algún sentido. No es hoy, ni es aquí. Este fugaz viaje en el tiempo sirve, sin embargo creo yo para juzgar mejor este post:

No practico el emoticonismo. Quería compartirlo. No me gustan los emoticones. Nada, ni un poco. O tal vez sí, tal vez un poco, tal vez sólo esos muy sencillos que alguien inventa un día con los signos ortográficos y que al principio parecen cualquier cosa pero después te das cuenta que la barra es una especie de bigote o que el acento es una ceja, arqueada en señal de sofisticación o escepticismo, y que todas esas porquerías te transmiten un hondo sentimiento humano que de otra forma no conocerías, no por la palabra, no por la mera tipografía, porque la cicatriz, bien mirada, es decir sin parpadear, se vuelve una cicatriz moral, una huella de la historia sobre una subjetividad vacilante, alguien sufre detrás de esa cicatriz, y entonces decís, “fijate como ese bigote o esa cicatriz pone en juego tantas emociones, el emoticón transmite realmente emociones, y yo acá, lo más tranquilo”, o ese signo raro que nunca sé cómo hacer pero que expresa la negación de las proposiciones matemáticas, y es como una ene o el sombrerito de la ene, que la transforma en una eñe, o como un fideo que se contorsia y se deja caer al piso, y que se me hace, pienso ahora, representa un fruncimiento que puede significar desagrado, o incluso una duda, y la duda, la duda en serio, no es nunca digital sino analógica. Así sí que sí, por ahí me gustan los emoticones. Qué va, me encantan.

Enero 23, 2008

Una ingenuidad conmovedora: sobre August Eschenburg, constructor de autómatas

Archivado en: literatura — Sebastián @ 1:36 am
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“A veces -escribe Steven Millhauser- sucede así: El Destino entra a los tumbos en un callejón sin salida, y para incomodidad de todos tiene que rehacerse y probar de nuevo. También la Historia da constantes tumbos: las asombrosas ilusiones de movimiento producidas por el diorama de Daguerre no tuvieron ninguna relación con la historia del cine, que se vinculaba directamente con un juguete sencillo que ilustraba el fenómeno óptico conocida como persistencia de la visión. Con todo, quizá estos falsos virajes no sean tropiezos ni mucho menos; quizás sean desarrollos necesarios dentro de una trama demasiado compleja para aprehenderla de una sola vez. O acaso la verdad es que no hay ningún sino, ninguna trama, nada en absoluto salvo un hombre cansado que mira hacia atrás y lo olvida todo menos detalles dispersos que el acto mismo del recuerdo compone en un destino.”

Hasta este momento, el narrador había relatado cómo el joven aprendiz de relojero se ve arrebatado por la ilusión del movimiento de pequeñas figuras de juguete.

La fascinación de August crece y se moldea a medida que se enfrenta con versiones mejoradas de ese único mecanismo que le interesa: el movimiento humano. En su infancia, los espejos sucesivos de esa pasión son un reloj de cucú, una cajita de música, un cuadro cuyo revés oculta los engranajes que animan una escena vagamente pastoral. Pero desde la tarde en que August Eschenburg asiste a la función de un mago de feria, sólo viviría para perfeccionar la creación de autómatas. El camino del héroe y de la técnica coinciden, al menos en este tramo del viaje; a todo progreso técnico (de materiales, de instrumentos, de saberes) corresponde una mejora en el realismo de sus criaturas.

En un momento dado, el empresario Presendaz (estamos en el siglo XIX o comienzos del XX) propone a Eschenburg fabricar autómatas para las vidrieras de sus tiendas en Berlín. August sabe que el destino de su arte es otro, más alto y secreto, pero comprende que para alcanzarlo necesitará recursos que la relojería de su padre no puede darle. Pero la sociedad no dura pues los elegantes autómatas de Eschemburg, al principio una novedad bienvenida, son incapaces de retener la atención del público frente a versiones más burdas pero sensuales, capaces de adaptarse con mayor velocidad a las necesidades del mercado. Aquí, los caminos se bifurcan, y sólo resta que August se dé cuenta.

Técnica y artista avanzaron juntos, lanzados ambos hacia un futuro que sólo podía ser de perfección: el pasado contaba como aprendizaje y el presente era ilusión. Ilusión del movimiento, ilusión del progreso: desde aquella tarde frente al mago de feria y sus primitivos autómatas, él, que creyó en una técnica tan autónoma e irreconciliable como su arte (si se puede hacer mejor, ¿cómo no hacerlo?), que creyó también en la ilusión de los autómatas y se entregó luego con obstinación a crearla, pensó que la técnica era movida, ella misma, por engranajes. Pero las torpes imitaciones de los autómatas con culos sugerentes y amplios escotes, le enseñarían a desconfiar del relojero. Su desilusión, que con más de dos siglos de capitalismo, podría ser banal, es, en cambio, conmovedora.

August Eschenburg, de Steven Millhauser, Interzona, Junio - 2005

 

Enero 19, 2008

A la muerte de un panadero

Archivado en: vida cotidiana — Sebastián @ 3:56 pm
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Hoy murió un panadero. En uno de esos días de calor donde ni bien uno pisa la calle, el calor invade el cuerpo con la velocidad de una mecha encendida, detrás de la caja registradora, el corazón del panadero reventó de pronto, sin aviso, y lo fulminó en un instante. Era el panadero a quien mis compañeras de trabajo compraban todos los días las ensaladas de sus almuerzos, y con quien en más de una oportunidad discutían por la demora, o de quien se burlaban a veces por la kafkiana tarea de transmitir con fidelidad los ingredientes de la ensalada. Dos empleadas trajeron la noticia. Quise salir para que la negrura no me invadiera como el calor, quise huir como si la muerte fuera una enfermedad contagiosa y ya estuviera de este lado de las paredes de la oficina, pero entonces debía pasar frente a ellas y no me animé.

Las empleadas se disculparon por la demora, que ya había desatado minutos antes la burla amarga de mis compañeras: no había forma que los pedidos llegaran a tiempo. Explicaron que el panadero había muerto de un paro cardíaco “masivo” tras la caja registradora. La voz de la más joven se quebró en seguida y me recorrió un escalofrío. Yo no las ví, no quise asomar mi cabeza, y me oculté como una tortuga, tras las paredes de mi “box”, como si por alguna razón trajeran la muerte de mi difunto tío y de mi padre vivo en sus pequeñas bolsitas, junto con las ensaladas. El llanto de la desconocida hizo estallar por un segundo esa distancia que impone la transacción económica. Varios pensamientos me deprimieron al instante. Por empezar que la chica no tuviera más desahogo que unas clientas no especialmente simpáticas, para la terrible escena que seguramente presenció, el hecho de que cumplieran absurdamente con su pedido, cuando quizás en el instante en que el corazón del panadero dejó de latir su propia suerte se decidía. Con voz más asustada que triste, la mayor de las empleadas explicó que había muchos problemas en la panadería, (era además de quien tomaba los pedidos y cobraba, el dueño) que se trabajaba mal, que nunca llegaban a tiempo a cumplir con nadie, cosa que sabíamos de sobra, y entonces sí pensé en el panadero a quien no conocía, con quien nunca hablé, a quien nunca compré nada, a quien imaginaba gordo pero era flaco y más joven de lo que creía. Pensé: ¿habrá muerto por su trabajo? Ese pensamiento me deprimió aún más: si hay suerte y no morimos por mano ajena, morimos como moscas por mecanismos que no entendemos o por cosas que no valen la pena. Malentendidos. En algún momento de una mañana calurosa hasta lo insportable, el corazón del panadero estalló, y para él todo terminó en un segundo. Sin explicaciones ni despedidas ni largas o cortas agonías. Desde ese momento, mis compañeras se quedaron sin sus ensaladas.

 

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