El blog del desasosiego

Mayo 27, 2009

Si tuviera alma, sería para la literatura

Archivado en: literatura — Sebastián @ 2:35 am
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Si tuviera alma, sería para la literatura, pero no tengo. La vendí tres veces y ya nadie la quiere.

Escribo poco, y nada en un idioma pasado de moda. El único que apredí para escribir y para ser. Traté eso sí de hablarlo con cuidado, y por qué no, de sacarle brillo alguna vez, como un lustrabotas que se esmera para mejorar su propina. Pero el objeto de tanto esmero no deja de ser un par de zapatos, ajenos, para peor. También mis zapatos brillantes son sólo zapatos, que algún despistado puede mirar como se mira el brillo de un zapato, con ligereza y desencanto. Ay, ya quisiera yo haber sacudido el  suelo de alguien con el martillo, pero me dicen que  el martillo es pesado para mí, y yo lo creo (ahora dicen que para ser escritor, hay que escribir).

Durante el día tengo una ocupación en apariencia trivial pero nada desdeñable: como tantos otros, echo, basura al mundo, y en el proceso, puedo ser bastante desgraciado. Pienso entonces que lo único que se hacer es escribir en mi idioma, pero me voy a la cama y espero  en silencio el nuevo día. Al que le gusten mis zapatos, que sea bienvenido. Pero que sepa también que no sirven para andar.

Marzo 8, 2009

A la muerte de un panadero

Archivado en: literatura — Sebastián @ 1:14 pm
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Hoy murió un panadero. En uno de esos días de calor donde ni bien uno pisa la calle, el calor invade el cuerpo con la velocidad de una mecha encendida, detrás de la caja registradora, el corazón del panadero reventó de pronto, sin aviso, y lo fulminó en un instante. Era el panadero a quien mis compañeras de trabajo compraban todos los días las ensaladas de sus almuerzos, y con quien en más de una oportunidad discutían por la demora, o de quien se burlaban a veces por la kafkiana tarea de transmitir con fidelidad los ingredientes de la ensalada. Dos empleadas trajeron la noticia. Quise salir para que la negrura no me invadiera como el calor, quise huir como si la muerte fuera una enfermedad contagiosa y ya estuviera de este lado de las paredes de la oficina, pero entonces debía pasar frente a ellas y no me animé.

Las empleadas se disculparon por la demora, que ya había desatado minutos antes la burla amarga de mis compañeras: no había forma que los pedidos llegaran a tiempo. Explicaron que el panadero había muerto de un paro cardíaco “masivo” tras la caja registradora. La voz de la más joven se quebró en seguida y me recorrió un escalofrío. Yo no las ví, no quise asomar mi cabeza, y me oculté como una tortuga, tras las paredes de mi “box”, como si por alguna razón trajeran la muerte de mi difunto tío y de mi padre vivo en sus pequeñas bolsitas, junto con las ensaladas. El llanto de la desconocida hizo estallar por un segundo esa distancia que impone la transacción económica. Varios pensamientos me deprimieron al instante. Por empezar que la chica no tuviera más desahogo que unas clientas no especialmente simpáticas, para la terrible escena que seguramente presenció, el hecho de que cumplieran absurdamente con su pedido, cuando quizás en el instante en que el corazón del panadero dejó de latir su propia suerte se decidía. Con voz más asustada que triste, la mayor de las empleadas explicó que había muchos problemas en la panadería, (era además de quien tomaba los pedidos y cobraba, el dueño) que se trabajaba mal, que nunca llegaban a tiempo a cumplir con nadie, cosa que sabíamos de sobra, y entonces sí pensé en el panadero a quien no conocía, con quien nunca hablé, a quien nunca compré nada, a quien imaginaba gordo pero era flaco y más joven de lo que creía. Pensé: ¿habrá muerto por su trabajo? Ese pensamiento me deprimió aún más: si hay suerte y no morimos por mano ajena, morimos como moscas por mecanismos que no entendemos o por cosas que no valen la pena. Malentendidos. En algún momento de una mañana calurosa hasta lo insportable, el corazón del panadero estalló, y para él todo terminó en un segundo. Sin explicaciones ni despedidas ni largas o cortas agonías. Desde ese momento, mis compañeras se quedaron sin sus ensaladas.

 

Febrero 28, 2009

Un artista de la contratapa: los dos traductores de Steven Millhauser

Archivado en: literatura — Sebastián @ 2:07 pm
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En la contratapa de Martin Dressler, de Steven Millhauser (Editorial Andrés Bello), se puede leer lo que para mí es un prometedor comienzo:

“Aunque Martin Dressler fue el hijo de un tendero, también soñó su sueño, y por lo menos tuvo bastante suerte e hizo lo que pocos se atreven, incluso, a imaginar: satisfizo el deseo de su corazón. Pero éste es un privilegio peligroso, que los dioses vigilan celosamente, a la espera de la falla, la pequeña falla que finalmente arruina todo”.

Y sin embargo no, no era exactamente el comienzo. En cambio, la primera oración es una especie de síntesis del fragmento anterior:

 “Hace algún tiempo vivió un hombre llamado Martin Dressler, el hijo de un tendero, que supo remontarse desde su origen modesto hasta las alturas soñadas de la buena fortuna”.

A la luz de la contratapa, creo, este comienzo es empobrecedor. Para empezar, sólo señala la trayectoria ascendente y no la caída del héroe, que deberá esperar todavía algunas líneas más, líneas cuya función es la de describir el contexto de la historia. Me molesta además eso de “un hombre llamado Martin Dressler”, pues sin comenzara apenas con Martin Dressler, sabríamos ya que ese es su nombre y que no puede si no pertenecer a la especie humana (y dentro de ella, al género masculino) Por último, aunque los dos fragmentos hablan de un hombre que ha cumplido un sueño, mientras que el Martin de la contratapa soñó su sueño y satisfizo los deseos de su corazón, el de la primera página ha alcanzado apenas los sueños de la buena fortuna. Y se pierde, claro, el enorme bloque de hielo que, bajo la línea de la superficie oceánica de la contratapa, prometía lo que a mí me gusta de un libro: la obsesiva y delirante apuesta, a menudo mortal, de un hombre para… satisfacer los deseos de su corazón.

Pero yo debo ser mal pensado, porque apenas unas líneas más abajo encontramos el extracto de la contratapa, aunque ligeramente cambiado:

 “Aunque hijo de un tendero, Martin Dressler también soñó un sueño propio y al final tuvo la suerte de realizar lo que muy poca gente se atreve siquiera a imaginar: logró satisfacer los anhelos de su alma. Un privilegio por cierto riesgoso, al que los dioses permanecen celosamente atentos, esperando a que surja la hendidura, la ínfima hendidura que finalmente lo conduce todo a la ruina”.

Claramente hubiera preferido que este fragmento fuera el comienzo de la novela, pues la ubicación en tiempo y espacio (una época en la que el capitalismo empezaba a florecer y lo “sólido se desvanecía en el aire”) palidece, creo yo, frente a esa lucha entre dioses y hombre. Pero eso no es grave, después de todo, Millhauser es un gran escritor y yo no, y tal vez haya tenido sus razones. Pero en seguida me doy cuenta de que la decepción es otra. Entre la contratapa y la primera página, el fragmento ha cambiado, y sucede como si, atravesando el libro a contracorriente, cruzando la historia desde el final hasta el origen, de la realización hasta esa partícula inicial de extrañeza que luego se convertirá en obsesión, desandando en fin,  una lucha que es menos entre dioses y hombres que entre el hombre y sus sueños, es decir, del hombre contra sí mismo, todo volviera a empezar, parecido pero diferente, menor, más chato y menos musical.

Pero no estoy interesado aquí en una teoría de la purificación de la experiencia al estilo budista. Me fascina, en cambio, imaginar  el combate del traductor contra su propia traducción irremediablemente y burlionamente impresa en la primera página, temblando ante la nueva posibilidad que le ofrece la contratapa. Mejor (y más probable): el combate solapado de los dos traductores, que tal vez son enemigos íntimos. O por último:  el nervio implacable de un escritor secreto que decide pulir los bordes de la escritura para que sea su acabado y no el otro, el que llegue primero a manos del lector. ¿Cuál habrá sido la historia secreta detrás de esta diferencia, la decisión real con sus dudas, miradas cómplices o aprobaciones burocráticas,  por la que en el mismo libro el fragmento se ha traducido dos veces? ¿Habría sido mejor la experiencia de lectura, si el autor de la contratapa hubiera tenido la libertad de dar rienda suelta a su serena máquina de esmerilado?

En rigor, no quiero ser injusto con el traductor “oficial” pues algunas de sus elecciones son mejores que la del artista de la contratapa. Creo que prefiero la idea (pero no la palabra) de una hendidura antes que una falla, pues ésta da idea de error y aquella, de entropía, de una destrucción innminente y necesaria, propia de la larga historia de conflictos entre dioses y hombres. También prefiero la palabra ruina, pues, sorprendentemente, es mucho más poderosa que su forma verbal, arruina, que no termina de dar la idea de una perdición, como si la “a” fuera tal vez no un prefijo de negación, pero sí un especie de consuelo melancólico, pero consuelo al fin. Por último el traductor corrige ese extraño “y por lo menos tuvo la suerte” que flota en la contratapa como un puente caído entre las  palabras. A propósito, ese “por lo menos” lo cambia todo, aligera la carga, y por lo tanto, no lo arruina todo.

A falta de la versión original, que puedo leer pero no juzgar con demasiado detalle, tal vez se necesite pues, de un tercero que sintetice lo mejor de ambas versiones. Pero el problema, lo fascinante de este conflicto no declarado que se agita en el libro y cuya luz es distinta de acuerdo a la posición en que sostengamos el volumen; lo terrible y maravilloso de todo esto, es que estas sustituciones son posibles con la mayor impunidad, y creo que , además, son deseables (porque no soy el autor naturalmente). Y, qué mierda, así empezaría yo, Pierre Menard, el Martin Dressler de Steven Millhauser:

“Contra todo, Martin Dressler, apenas el hijo de un tendero, soñó su sueño e hizo lo que pocos se atreven, siquiera, a imaginar: conquistó los antiguos deseos de su corazón. Pero el privilegio es siempre riesgoso y no agrada nunca a los dioses, que lo custodian celosamente a la espera de la grieta, la mínima y secreta grieta, que lo destruirá”.

A propósito: el libro no me gustó casi nada.

Febrero 26, 2009

Traducciones

Archivado en: Uncategorized — Sebastián @ 8:46 pm
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En un comentario al post anterior, Vero me recordó una hermosa cita de Kafka que terminaba así:

“Un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro”. 

Respondí que conocía la cita y la repetí a mi vez. Sólo que, ahora me doy cuenta, no era exactamente la misma. En mi recuerdo, más bien sonaba así:  

“La literatura tiene que ser el hacha para el mar helado de nuestros sueños”.

Es cierto, mi recuerdo es viejo, pero siempre lo creí fiel. Al leer la frase (¿pero la leí alguna vez?) sentí (o creí sentir)  que estaba no sólo ante una metáfora salvaje y genial sino ante un  un juego de prestidigitación, una magia incitante y perversa a la vez. Para hacerla corta: el tipo decía lo que la literatura debía ser, es decir, un hacha, y mientras vos decís “sí, sí, que cierto eso que dice este tipo”, zas,  ya tenés el hacha incrustada en la carne. Y ni siquiera hizo falta un libro.

Y sin embargo, decepción de decepciones, mi recuerdo podría ser sólo una mistificación. Google no ha podido encontrar mi versión en la web, lo que equivale a decir que nadie puede.  Aparentemente, el mar helado no es el de nuestros sueños sino uno que “llevamos adentro”. Ya quisiera yo pensar que soy el autor de ese desplazamiento, que el truco es sólo mío, que el brazo que agita el hacha es mío aunque el hacha misma sea de alguien más grande;  en fin, que si no son sueños los que llevamos adentro, yo no sé ya qué llevamos. Pero no. La verdad es menos generosa , y en algún lado, no tocado aún por los tentáculos de la red, ese traductor hechicero y tal vez genial existe sin que yo lo sepa.

PD: A propósito, alguien alguna vez exhumará con el cuidado que se merece, el eslabón perdido entre Kafka y Pessoa. No seré yo, claro, pero  por algo se empieza.

Febrero 12, 2009

Dos imágenes

Archivado en: literatura — Sebastián @ 9:21 pm
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Hay dos imágenes que me persiguen desde hace algún tiempo. No son las únicas ni las más terribles. De  hecho, parecen bastante inofensivas.

En la primera, sostengo un vaso entre mis manos y luego de sopesarlo un rato, lo arrojo contra un espejo (o un televisor en su versión más prosaica). En la segunda, tiro abajo mi biblioteca: la atraigo primero desde arriba y hacia delante hasta crear un desequilibrio mientras los libros caen sin hacer ruido, como si cayeran desde un acantilado. Alternativamente, tiro los libros de sus estantes usando los brazos como tentáculos o aspas de un ventilador enloquecido. Ambas son imágenes de una modesta destrucción y una menos modesta destructividad. No me interesa analizarlas demasiado. Hay desde luego varias explicaciones plausibles que no necesitan hundirse en el agua barrosa del psicoanálisis, y están también seguramente aquellas que se sienten a gusto chapoteando en el barro. Pero yo las prefiero levemente amenazantes, sólidas como una piedra que apenas se inmuta ante fuerzas naturales cuyo plan de destrucción se mide en milenios. Espejos, libros. Me pregunto si hay una teoría unificadora, a años luz de Borges, por ejemplo, alguna clase de crisis de identidad (espejo) que resulta de una concepción enfermiza y maladaptativa (¿?) de la literatura (que piensa en términos de precipicios y acantilados).

Pero, ¿qué se yo sobre literatura? Soy un lector vago y monótono, fiel a unos pocos autores a los que prefiero visitar antes que perderme en un vecindario nuevo (aunque lo haría si supiera dónde encontrar uno interesante). Si la literatura es alta o baja, anónima o autobiográfica, absoluta o relativa, analógica o digital, no podría decirlo. Jamás seré un gran teórico de la literatura, ni siquiera uno malo. “Amparados en múltiples máscaras” –escribe Roberto Calasso-, los escritores “saben que la literatura a la que se refieren se reconoce más que por la fidelidad a una teoría, por una cierta vibración o luminosidad de la frase (o del párrafo, de la página, el capítulo, el libro entero). Esa especie de literatura es un ser que se basta a sí mismo”. A falta de teoría, yo me quedo con esa sinestesia: Vibración. Luminosidad.

Antes que cualquier cosa, la literatura es para mí estremecimiento y conmoción. Y lo digo con amargura; sin eso, leer es padecer. El estremecimiento no es nunca un estado; sólo es movimiento, su estado es el movimiento y su movimiento es huidizo; es un nómade salvaje que no aprende todavía las sofisticadas reglas de la cortesía o de la guerra. Si la literatura es estremecimiento o no es, entonces su energía es dispersa y melancólica, intermitente, apenas una perplejidad fugaz e irreductible que se pierde como agua entre las manos.

Iluminada por una estrella muerta, la vida es entonces más gris. Y no hablo de libros, hablo de la vida carajo, de la vida. Cuando sólo perseguís el estremecimiento, todo lo demás es amargo, las palabras ordinarias producen náuseas y remontar el texto más simple, la conversación más inocente, el acto más banal y cotidiano supone un esfuerzo consciente por vivir, una lucha constante contra  el desasosiego, y la realidad, sea eso lo que sea, se vuelve muda o yo me vuelvo sordo, y en cualquier caso ese silencio me irrita las veces que no me deprime, y ya quisiera yo deshacerme del peso de este vaso que sostengo en la mano, arrojarlo de una vez contra el espejo, arrancar esa sonrisa burlona de los libros inclinados y apilados con un orden roto, y derribar mi biblioteca con la misma furia incontrolada, salvaje y sin dirección con la que un ejército derriba edificios en territorio enemigo.

Agosto 31, 2008

En el Reino de Harad IV, de Steven Millhauser

Archivado en: literatura — Sebastián @ 11:01 pm

Durante el reinado de Harad IV, vivió en la corte un hacedor de miniaturas, célebre por la extraordinaria perfección de sus obras. Los objetos de este intenso arte no eran sólo agradables a la vista, sino que el placer y asombro crecían cuando el observador, acercándose más, veía el cuidado apasionado que se le había dedicado al detalle más pequeño y menos visible. Se decía que sin importar de cuán cerca se observara una de las pequeñas piezas del Maestro, siempre descubrías una nueva maravilla.

Entre las varias tareas del hacedor de miniaturas estaba la de proveer a las damas de la corte plantas talladas en marfil y monstruos marinos de tres cabezas para los gabinetes de curiosidades, dibujar la piel y las plumas de criaturas fabulosas para el “Libro de los trescientos secretos” y, sobre todo, reemplazar el mobiliario del antiguo palacio del juguete, que el Rey había heredado de su padre, y que estaba repleto de cortinas ajadas (draperies moldering) y madera agrietada. El famoso palacio de juguete, con sus más de seiscientas habitaciones, sus calabozos y pasadizos secretos, sus jardines y sus patios y huertos, llegaba a la altura del pecho de una persona y ocupaban su propia recámara, frente a la biblioteca del rey. Como recompensa a sus labores, el hacedor de miniaturas tenía un habitación privada en el palacio, no lejos del carpintero de la corte, así como una toga de armiño que le permitía participar de las ceremonias oficiales. El hacedor de miniaturas era asistido por dos jóvenes aprendices, que esbozaban las miniaturas más grandes como los armarios y las camas con doseles, cocían las pequeñas vasijas de barro en un horno especial, aplicaban la primera capa de laca a los objetos hechos con madera y ahorraban un tiempo preciado al maestro trayendo de los talleres del palacio piezas de marfil, cobre, boj y haya. Pero no tenían permitido intentar las tareas más complejas del arte de la miniatura, como tallar las cabezas de los dragones a los pies de las patas de las mesas, o forjar las minúsculas llaves de cobre que abrían los cerrojos de los cajones y los cofres.

Un día, luego de terminar una tarea ardua y estimulante – había construido para uno de los huertos en miniatura, una canasta de manzanas rojas y verdes de un realismo brillante, cada una no más mayor que el carozo de una cereza, y como toque final, había colocado en el tallo de una de las manzanas una perfecta reproducción en cobre de una mosca- el hacedor de miniaturas sintió un estremecimiento que no cedía. No era la primera vez que sentía esos estremecimientos al final de una larga tarea, pero últimamente ese escozor extraño e íntimo se había vuelto más insistente. A medida que trataba de penetrar en ese sentimiento, de desentrañarlo, pensó en la canasta de manzanas. Construir la canasta de manzanas le había dado una satisfacción que no era frecuente, porque se había enfrentado a una jerarquía de tamaños: la canasta misma, compuesta de tablillas de boj unidas mediante un alambre de cobre, luego las manzanas, y por último, la mosca. La diminuta mosca, con sus alas vueltas con precisión hacia atrás, le había provocado las mayores dificultades y el mayor placer, y se le ocurrió que no había ninguna razón especial para detenerse allí. De pronto, fue poseído por un temblor interior. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Cómo era posible? ¿Acaso la lógica no exigía acometer la serie descendente? Ante este pensamiento sintió una excitación profunda y culpable, como si hubiera llegado ante una puerta prohibida al final de un pasillo privado y escuchara, al girar la llave, el sonido de una música lejana.

Se dispuso a construir una canasta del tamaño de una de sus manzanas. Las nuevas manzanas de madera, cada una con un tallo y dos pequeñas hojas, eran tan pequeñas que sólo pudo tallarlas con la ayuda de un lente de aumento, que colocó en un marco de apoyo. Pero aún cuando luchaba con placer con cada manzana descubrió que soñaba con la mosca, la mosca imposible que, finalmente, se veía apenas como una mancha en el minúsculo tallo, aunque al verlo a través del lente era perfecto en cada detalle.

El Rey, que había elogiado la mosca original, vio la nueva canasta con deleite. Cuando el Maestro lo invitó a mirar las manzanas a través del lente, contuvo su respiración, y pareció que estaba a punto de decir algo pero luego batió bruscamente las palmas de las manos, haciendo que el criado entre precipitadamente. El rey ordenó al criado mirar la mosca en miniatura a través del lente. El criado, un hombre frío e imperioso, emitió un grito sofocado. A la mañana siguiente, la historia de la mosca invisible era conocida en todo el palacio.

Con nuevo entusiasmo, como si estuviera volviendo a un período anterior y más exuberante en su vida, el Maestro que, era de mediana edad pero conservaba su vigor, se dedicó a una serie de miniaturas que superaron en todos los aspectos sus mejores esfuerzos del pasado pasados. Del carazo de una cereza talló un anillo con treinta y seis elefantes, cada uno sosteniendo en su trompa la cola del elefante que lo precedíal. Cada elefante tenía un par de colmillos casi invisibles tallados en marfil. Un día, el maestro presentó al rey un plato y sobre él, invertido un dedal de marfil. Cuando el Rey tomó el dedal, descubrió abajo del mismo una reproducción meticulosa del ala noroeste de su palacio de juguete, con sus veintiséis habitaciones completamente amuebladas, incluyendo un escritorio con patas con forma de garras de avestruz y una jaula de oro con un ruiseñor.

Apenas terminó de completar el palacio del dedal, el hacedor de miniaturas sintió de nuevo una inquietud ardiente. Una vez embarcado en su viaje hacia lo más pequeño ¿podría detenerse ya? Además, ¿no era evidente que el diminuto palacio, aún cuando parcialmente invisible al ojo sin ayudas, se revelaba demasiado prontamente, sin esa resistencia que era una parte esencial del deleite estético? Y se propuso zambullirse debajo de la superficie de lo visible y crear un mundo detallado, completamente inaccesible al ojo desnudo.

Comenzó con cosas sencillas –un cuenco de cobre, una caja de haya- pero el material con el que trabajaba era, antes de la magnificarlo, invisible, y exigía un nuevo grado de delicada manipulación. De inmediato comprendió que necesitaba lentes más poderosos y herramientas más sutiles. Ordenó al carpintero de la corte un par de complejos dispositivos de sostén que mantuvieran sus manos fijas y los dedos firmes. No era un trabajo para un anciano, pensó, ni para un hombre más joven; sólo para alguien con el pleno vigor de sus años medios.

Su primera obra maestra en el reino de lo invisible fue un venado con astas en ramas. A través de un lente poderoso observó lo invisible virar hacia lo visible: la cabeza inclinada hacia un lado, la boca levemente entre abierta, los labios retraídos, revelando la dentadura. Talló y pintó hasta el último detalle; un diente y una pezuña y un pálido oído interno; y algunos decían que, mirando de cerca a través del lente magnificador, podía distinguirse el iris color ámbar de las negras y brillantes pupilas.

Ni bien terminó el venado, se embarcó en un desafío mucho mayor: un jardín invisible, modelado al principio a partir de uno de los treinta y nueve jardines del palacio, aunque en seguida desarrolló su propio diseño, más elaborado. Durante las primeras etapas, una corriente repentina destruyó una semana de trabajo. Con la ayuda del carpintero de la corte, para quien trazó un plano, el hacedor de miniaturas construyó una caja de teca con una superficie curvada; en la cual colocó un lente magnificador cuadrado. Dos paneles a los costados de la caja se deslizaban suavemente hacia arriba y hacia abajo para colocar un par de manos, y para que el lente cuadrado, unido a un sistema de barras y tornillos, pudiera subirse y bajarse. El intrincado y delicado jardín, a resguardo de las peligrosas corrientes de aire; creció con lentitud hasta contener docenas de lechos de flores de doce lados, catorce variedades de árboles frutales con hojas individuales, un sistema de caminos cruzados pavimentados con tesela de ébano y márfil, fuentes de ónice talladas con criaturas legendarias, caracoles debajo de piedras.

Aunque el Rey mostró sorpresa y asombro ante el jardín observado a través del lente, y elogió la conquista de un nuevo mundo por el Maestro, hizo varias preguntas sobre los lentes y la caja de teca, ya que sospechaba que producían una ilusión. Al final, el Rey se preguntó si el hacedor de miniaturas no debía regresar pronto al milagro visible de los exquisitos muebles de su palacio. En la voz del Rey, el Maestro escuchó un tono inequívoco de reproche. Mientras explicaba el funcionamiento del aparato y ajustaba el lente, le parecía que al aventurarse más allá del mundo visible se había embarcado en un viaje más peligroso de lo que había imaginado.

Pero enseguida se recluyó en la obra maestra que coronaría este período: el célebre palacio del Rey, totalmente invisible al ojo desnudo. Las más de seiscientas habitaciones estarían completamente amuebladas y escrupulosamente presentadas en cada detalle, incluyendo juntas de cola de milano en los armarios, cerraduras que funcionaban en los cajones y quince docenas de juegos completos de cuchillos, tenedores y cucharas cincelados en plata, cada una con la insignia real –una corona y espadas cruzadas- trabajadas sobre el mango.

Durante la construcción de su palacio más-allá-del-lente, el hacedor de miniaturas hizo varias visitas al palacio de juguete original y se sorprendía cada vez con la vasta construcción que alcanzaba casi la altura de sus hombros. Las sillas de la recámara del consejo eran del tamaño de sus puños. Desde que su trabajo había hecho un giro leve pero necesario, su extraño, inexplicable viraje que lo alejaba de la clásica pequeñez hacia otro reino más dudoso, sus dos aprendices habían asumido la tarea de construir los muebles para el palacio de juguete del Rey. Y el Maestro vio que era bueno: estaban preparados para los grandes y llamativos efectos; tal vez él había sido demasiado duro al confinarlos a los trabajos elementales, en los días en los que tales cosas le preocupaban.

Un día, mientras miraba un escritorio en el palacio de juguete del Rey, el hacedor de miniaturas cayó en un ensueño. Unido a un cajón del escritorio había un par de manijas con cabeza de león, que alguna vez le parecieron lo más alto de la elegancia y que le habían costado tres días de trabajo. El objeto más pequeño en el palacio de juguete era una aguja de plata no más ancha que un pelo. Pensó, no sin orgullo, que el palacio entero que ahora estaba construyendo debajo del lente, con sus más de seiscientas habitaciones, y sus jardines, y sus huertos, podría caber en el ojo de esa aguja.

Pero aún cuando se sumergió en las profundidades de su pequeño mundo, sintió dentro suyo un leve escozor, pues sabía que su palacio, ni siquiera eso, podría contentarlo por mucho tiempo, pues tal hazaña, aunque ardua, no era más que la conquista de un reino conocido, el reino crepuscular del mundo revelado por su lente, y ansiaba un mundo tan pequeño que todavía no podía imaginarlo. Mientras trabajaba en su palacio, este deseo creció y él pareció percibir difusamente, apenas fuera de alcance, más allá de su visión interior, un reino más lejano.

Comenzó a verlo con mayor claridad y creciente agitación, aunque admitió que no era tanto una visión como un deseo que se solidifica gradualmente en una certeza. Aunque el material con el que ahora trabajaba era tan diminuto que era invisible al ojo, todavía lo invisible se volvía visible con el lente. Si para otros él parecía un mago que permitía ver lo no visto, en realidad, trabajaba completamente en el mundo visible. Era un mundo esquivo y ambiguo, que se desvanecía en lo invisible tan pronto cómo se le retirara el lente, pero aún así estaba demasiado lejos del reino puramente invisible que intuía apenas más allá. Y anheló construir objetos tan pequeños que escaparan del poder del lente mediador, que permanecieran sumergidos en el oscuro reino de lo invisible.

Comenzó como siempre con un objeto sencillo: una caja oblonga de marfil con una superficie deslizante. Aunque la caja era tan maravillosamente pequeña que permanecía invisible aún a través del lente, continuó usando el visor de teca con la superficie curva y los lentes móviles, ya que el aparato familiar le ayudaba a concentrar su atención y mantener firmes sus dedos. La caja de marfil, que ni una vez emergió de su mundo oculto para revelarse al ojo del Maestro, fue completada en siete días. Con su ojo interior, lo contempló con calma y sintió una quieta euforia. A pesar de no tener evidencia visible, estaba seguro de su perfección formal, de la elegante precisión de sus partes: nunca había trabajado con tanto cuidado.

De inmediato se dedicó a una tarea más ambiciosa: un pavo real en haya con la cola desplegada. El encantador pavo, radiante con colores no vistos, le llevó casi tres semanas. Cuando terminó sintió que estaba listo para la tarea para la cual se había estado preparando secretamente: un reino imaginario.

Así que se dispuso a trabajar en su reino invisible, con sus ciudades amuralladas y ríos sinuosos, sus bosques de hayas y abetos, sus minas de cobre y las torres de sus templos, sus cucharas y sus insectos. Al final del año había terminado sólo una ciudad. La ciudad tenía calles adoquinadas y mercados, canastas de uvas en los puestos de los vendedores de frutas, casas de mercaderes con terrazas de columnas que daban a jardines, botellas individuales en las tiendas de sopladores de vidrio. Se sintió cansado y animado, y al imaginar todo lo que restaba por hacer desplegándose ante él como una aventura inmensa, deseó poder revelar su obra a alguien, como alguna vez pudo. El aislamiento de su trabajo nunca le había sido opresivo, pero de vez en cuando, en las pausas del día, sentía un toque de soledad. El Rey ya no lo llamaba, y sus aprendices se habían mudado a una recámara adyacente, y habían tomado a sus propios aprendices.

Un tarde, cuando estaba sumergido profundamente en su reino invisible, golpearon a la puerta de su recámara. Sacando la mitad de su cabeza de la caja de teca, el hacedor de miniaturas invitó al visitante a entrar. La puerta se abrió y entraron dos de los cuatro aprendices nuevos. Se disculparon por interrumpir al maestro en su trabajo, pero explicaron que admiraban desde hacía tiempo su arte insuperable y no habían podido resistir el deseo de presentar sus respetos y rogarle por novedades sobre su obra más reciente, sobre la que habían escuchado noticias confusas y contradictorias. Sus propias obras eran todavía primitivas e insignificantes; apenas tenían la habilidad para crear la pata de una meza, y esperaban que una visita al Maestro les enseñara e inspirara. El Maestro supo en seguida que los aprendices, ambos jóvenes, estaban muy seguros de ellos mismos y que se rebajaban sólo por delicadeza. Pero la soledad de sus últimos meses fue aliviada por esas palabras de homenaje. Era cierto, no podrían ver nada, ya que había caído por debajo del piso de lo visible, pero tal vez podrían intuir de alguna manera, como él mismo lo hacía en las oscuras profundidades de su mente, el esplendor y la precisión de su arte invisible.

El primer aprendiz se inclinó hacia el lente en la superficie curva de la caja de teca. Luego de unos momentos, se hizo a un lado y dejó que el segundo aprendiz se inclinara hacia el lente. Cuando ambos terminaron de observar, el más joven dijo que la obra del Maestro era ciertamente incomparable. Nunca en su corta vida había visto algo tan asombroso en su concepción y ejecución. De inmediato, el segundo aprendiz declaró su admiración diciendo que ni siquiera en sueños se había atrevido a imaginar tal encanto, y que realmente era el mayor de los honores el mero estar en la presencia de tan grandioso logro. Luego los dos aprendices agradecieron al Maestro por honrarlos con su atención y salieron respetuosamente. El hacedor de miniaturas sabía que no habían visto nada, que sus palabras estaban vacías y que nunca volverían, y regresó con cierta impaciencia a su trabajo; y mientras se hundía por debajo de la corteza del mundo visible en su deslumbrante reino, comprendió que había hecho un largo viaje desde sus años de juventud, que todavía le quedaba mucho por recorrer y que, de ahora en adelante, su vida sería difícil y no tendría misericordia.

Este cuento pertenece fue publicado orignalmente en The New Yorker . La traducción es mía . Si alguien quiere corregira, bienvenido sea.

Junio 10, 2008

Malos entendidos

Archivado en: literatura — Sebastián @ 3:12 pm
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(Sigo releyendo el Libro del Desasosiego)

Alguien debió escribir alguna vez una historia de los malos entendidos. Pensaba en eso mientras revisaba las palabras clave que traen a los navegantes a esta orilla, y naturalmente, desasosiego es la principal, pero también encontré algunas sorpresas, como la del internauta que buscando “culos amplios” se encontró con el post sobre la nouvelle August Eschemburg, de Steven Millahuser, en la que, afinales del siglo XIX, las refinadas creaciones de un hacedor de autómatas deben competir con versiones más burdas y comerciales, y sí, con culos amplios y pechos generosos. Por alguna razón me avergonzó decepcionarlo con estos comentarios sin prisa ni dirección. O la de aquel que llegó buscando “problemas de una panadería”, y se encontró con el mayor problema de todos, el que todos compartimos, en esa elegía a un panadero, con la que inauguré este blog. También eso me incomodó; como si en medio de una conversación banal con un desconocido se nos escapara nuestro terror más íntimo. Al fin y al cabo, qué necesidad había. Lo más probable es que el pobre estuviera buscando cuestiones de proveedores, cocinas, hornos o cosas por el estilo, y vengo yo y le advierto sin que venga al caso, que la muerte acecha del otro lado de la caja registradora.

La historia de los malos entendidos fue posible alguna vez. Hoy, me parece, ya no. Fue posible mientras se creyó en el destino, con la naturalidad con que se creen las cosas más elementales y más falaces.

A Fernando Pessoa, es sabido, le preocupaba la posteridad, pero no siempre de la misma manera. Como joven poeta, Pessoa estaba seguro de que su nombre perduraría: su modesto reconocimiento, y su status de “promesa” de las letras sostenían esta creencia. Como poeta maduro con un puñado de publicaciones y un modesto reconocimiento, la cuestión se le hacía apremiante. ¿Qué había pasado? Por un lado, cuenta Richard Zenith en el prólogo a Eróstrato o la búsqueda de la inmortalidad, Pessoa creía en la superioridad de su talento, por otro, sólo podía producir fragmentos, siempre obras incabadas o breves, a veces muy breves, lo que en su opinión no sólo le impedía dar el salto entre sus contemporáneos sino que, sobre todo, le negaba sin apelaciones su boleto a la fama póstuma.

Estas dos fuerzas pueden leerse sin dificultad en el libro del desasosiego y en el ir y venir entre ambas, o en su resignada yuxtaposición está parte de su secreto encanto. Pocas veces he leído un autor más seguro de su arte, pero está claro también cuánto de desprecio y decepción había en este distanciamiento: la joven promesa que no fue, o que fue pero nadie escuchó, o que, por timidez o alguna otra tormenta del alma no habló con la fuerza suficiente. A Pessoa debió parecerle que un largo malentendido finalmente se le revelaba; la obra acabada nunca llegaría, la posteridad le pasaba de largo. Cuando lo comprendió, se me ocurre, hizo del equívoco y la resignación una ética y una estética, y creó una de las obras más bellas y descarnadas del siglo XX. “Me ha perseguido -escribe- “como un ente maligno, el destino de no poder desear sin saber que tendré que no tener. Si un momento veo en la calle un rostro núbil de muchacha y, aunque sea indiferentemente, disfruto de un momento de suponer lo que pasaría si fuese mío, es siempre cierto que, a diez pasos de mi sueño, esa muchacha encuentra a un hombre que veo que es su marido o su amante. Un romántico haría de esto una tragedia; un extraño sentiría esto como una comedia; yo, sin embargo, mezclo las dos cosas, pues soy romántico en mí y extraño a mí, y vuelvo la página hacia otra ironía”.

Los años parecen haberle dado la razón al joven poeta, a sus instintos y a su talento, pero su triunfo no fue menos malentedido que su derrota provisoria. A pesar de lo que Pessoa mismo creía, su verdadera altura le fue dada por su fracaso, no por las obras terminadas y totalizantes, sino por por el involuntario cubismo de sus fragmentos que describen como nadie antes ni después la resignada desesperación de quien no ha sabido encontrar en su lugar en el mundo. En un cuento de Kafka, el escudo imperial, creo, un testigo anónimo relata cómo de a poco, y sin oponer resistencia, los bárbaros han invadido y transformado su ciudad. “Es todo un gran malentendido” -registra ya sin asombro- y perecemos a causa de él”. Creo que Pessoa estaría de acuerdo.

 

Mayo 28, 2008

Una camisa demasiado grande: sobre el Libro del desasosiego

Archivado en: literatura — Sebastián @ 2:28 am
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Sé esto: hay muchos libros, algunos son buenos, otros muy buenos, muy pocos, probablemente, obras maestras. Y también, está el Libro del Desasosiego. Todo en este libro me parece único, y maravilloso, y triste, y solitario como su narrador, como si tampoco a él le fuera dado reposar con los de su clase.

Pessoa no sólo dejó una vasta obra inédita sino también incompleta, y es que el Libro del Desasosiego pertenece a esa estirpe de libros interminables, o que sólo se terminan con la muerte de su autor y que sólo nos llegan por el pulso firme y, en un punto indiferente, de un editor, que elige no mirar de frente la ambición y la desgracia que lo ha hecho nacer. Con sus prosa única, su poesía, los jirones de pensamientos y observaciones que, partiendo de lo trivial, hunden no obstante un cuchillo helado en el corazón de cualquier hombre con algún nervio sensible, lo que en este libro vale no es tanto la compleja meditación de su concepción como un diseño que se impone sin razón ni azar ni providencia, al modo en que crecen los corales. Poco importa que los fragmentos hayan sido reensamblados por sus editores; la potencia está a la vez en las partes y en el conjunto y por eso no vale la pena diseccionarlo. A quien conozca un logro similar, le ruego que me lo haga saber.

“Saber que será mala la obra que no se hará nunca. Peor, sin embargo, será la que nunca se haga. La que se hace queda, por lo menos, hecha. Será pobre pero existe, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina tullida. Esta planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, y reconozco que es malo, puede también proporcionar unos momentos de distracción de algo peor a un u otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero sirve de alguna manera, y así es toda la vida.”

No hay, creo, otra forma de dar cuenta del alma humana, sea ésta lo que fuera, -o del vacío que hay en su lugar- que con metáforas. Pero las metáforas siempre se quedan cortas y de esa debilidad el libro adquiere una potencia adicional. Si Pessoa gira siempre lo mismo, si cada fragmento contiene al siguiente y al libro en su conjunto, es sólo porque está cavando, cada vez más abajo, cada vez más profundo, aunque sin suerte, pues el que nada espera, nada encuentra; a lo sumo, el placer de levantar y hundir la pala en la tierra húmeda.

“Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.”

Revisando lo hasta aquí escrito me doy cuenta de que exageré con las metáforas y me avergüenzo un poco como si hubiera revelando en realidad algo demasiado cercano . Tal vez por eso el desasosiego y el blog, o los blogs del desasosiego tienen hoy tan mala prensa, como si no fueran más que esfuerzos vanos de expresar una neurosis tan personal y a la vez tan común que ya a nadie importa (y muchas veces es así nomás). Lo que se agita en el libro de Pessoa, en cambio, no es la trivialidad de la confesión exhibicionista, sino una cosmovisión perfectamente condensada y articulada que pesa sobre nuestras espaldas desde hace más de un siglo. Antes de que Godot haga su célebre desplante, antes que la posmodernidad sea palabra, antes, en fin, de que los EMOS sufran la ira de los fotologers, existía este texto secreto en un baúl repleto de maravillas.

Pocos libros se me hacen tan vivos, aunque lo que sobra no es vitalidad sino letargo y sueño, como un animal tímido que se repliega en su jaula, indiferente a quien lo mira.

“Es necesario cierto coraje intelectual para que un individuo reconozca valerosamente que no pasa de ser un harapo humano, aborto superviviente, loco todavía fuera de las fronteras de la internabilidad; pero es preciso todavía más valor de espíritu para, reconocido esto, crear una adaptación perfecta a su destino, aceptar sin rebeldía, sin resignación, sin gesto alguno, o esbozo de gesto, la maldición orgánica que me ha impuesto la Naturaleza. Querer que no sufra con esto es querer demasiado, porque no cabe en el ser humano el aceptar el mal, viéndolo bien, y llamarle bien; y, aceptándolo como mal, no es posible no sufrir con él”.

¿En que creer sin en nada se cree? ¿A dónde ir desde ningún lugar? ¿De quién recibir consuelo si todos estamos solos? ¿Para qué lamentarse? El narrador pareciera ser alguien a quien cada expiración le recuerda el insoportable mecanismo de la respiración. Como si al despertar, la vida quedara adherida a la almohada y tuviera que despegarla con cuidado, cada mañana, y vestirla como una camisa que le ha quedado muy grande, o muy chica.

Mayo 23, 2008

Oh tiempo tus pirámides (1era parte)

Archivado en: Uncategorized — Sebastián @ 3:41 pm
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Si uno quiere que su blog se lea, aprendí el otro día, debe seguir algunas reglas que aseguren su visibilidad en los buscadores. Esto no garantizará la lectura -como la lectura no garantiza satisfacción-, pero nos permite al menos comprar el boleto a la existencia virtual, si es que eso tiene algún mérito.

Así, por ejemplo, se recomienda usar la llamada palabra clave en el título, en el primer párrafo y en distintos momentos de la nota. También conviene utilizar sinónimos de las palabras claves, y claro, las etiquetas, que permiten clasificar el texto y empaquetarlo para el consumidor –encuentro esto muy útil, debo confesar-. Mal que mal, el sistema funciona y por alguna razón, los textos llegan a destino, como lo demuestra, este blog que para miera casi secreto y que, sin ningun esfuerzo, ha sido leído al menos una vez por un -literalmente- puñado de generosos extraños.

La actualización regular, es también otra condición para la entrega de nuestro pasaporte, lo que puede sonar muy razonable, pero no siempre es feliz. En estos días una publicidad de Movistar o de Personal presenta a un verborrágico personaje anunciando no sé que oferta o modificación en el sistema de comunicaciones por celular que, oh sorpresa, nos permitirá hablar y “mensajear” (sic) más por menos plata, de donde, concluye con lógica impecable, el problema pasará a ser encontrar nuevos temas de qué hablar. Como si el hablar o el escribir fueran independientes de los sujetos que hablan y escriben, y cómo si, en el fondo, fueran las palabras, su mera grafía o sonoridad lo único que realmente importa.

El movimiento es doble: de un lado se encorceta la escritura para que se tolerable (“no hay tiempo que perder… ¿qué es lo que en verdad querés decir”’) por otro, se lo libera del referente y del sujeto (“decí algo, cualquier cosa, pero hablá”). La utopía negativa no es la de la suma del conocimiento humano sino la mera combinatoria de significantes. Me imagino en un futuro no tan lejano a un hombre con  todas las posibilidades de comunicación a su alcance –tal vez ya no necesite más que pensar y dirigir su pensamiento-, sin nada que decir. Me lo imagino miserable. Todo esto me recuerda a la Biblioteca de Babel. Escribe Borges:

“El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz).”

Nada de esto es nuevo, claro y no es ajeno por ejemplo al llamado lenguaje periodístico, pero aquí no hay ninguna empresa que nos imponga su lenguaje, más bien el lenguaje está en el aire (en el eter), por así decir, y lo tomamos o no. En otras palabras: tal vez en algún momento tendremos que decidir –aunque más no sea como colectivo indiferenciado de usuarios-si habrá espacio para una poética del ser humano –en la que el silencio es vital-, o si ésta será más bien el tesoro oculto que se filtra gracias una suma de accidentes entre las grietas de un lenguaje burocrático ya sin nada relevante por decir.

Mayo 19, 2008

Dispuestos a saltar al primer bote

Archivado en: literatura — Sebastián @ 11:44 pm
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Tres destinos importan, en principio, en la Colonia Penitenciaria, el célebre relato de Kafka. El del explorador, un extranjero que sin que sepamos bien por qué -tal vez ha sido enviado por las nuevas autoridades- ha llegado a observar (a ¿juzgar?) un dispositivo de tortura y ejecución. El del oficial, que explica, se diría con pasión y con verdadera desesperación el dispositivo, y con él, la era de la que se siente el último representante. Una era que intuye, ha llegado a su fin, pues a diferencia del antiguo comandante, el nuevo parece no comprender la sutileza del arte del castigo ni su necesidad. Y, naturalmente, el del condenado, quien custodiado por el anónimo soldado asiste sin entender una palabra a las explicaciones de una horrible muerte que ha de ser suya. Estos destinos se resuelven con bastante rapidez: el oficial no ha podido ganarse el favor del explorador, lo que significa que nadie lo defenderá ante el nuevo comandante. El condenado, que entretanto se ha hecho amigo del soldado es perdonado y su lugar lo ocupa ahora el oficial que ha decido inmolarse luego de agotar sus últimos esfuerzos. El explorador, que ha rechazado intervenir a su favor y que ha sellado pues, su destino, emprende el viaje de regreso sin que, una vez más, sepamos qué es lo que piensa ni qué es lo que la experiencia le ha dejado.

El relato parece haberse agotado, sus hilos, prolijamente cortados. Queda sí todavía una revelación en forma de epitafio acerca del destino del antiguo comandante, y por lo tanto, también el del oficial, pero a mí me interesa otra revelación, otro destino, que en Kafka aguarda siempre en la sombra, y que, se me hace, define un vasto territorio de esa geografía que conocemos como lo kafkiano. 

Y entonces, este fantástico final:

El soldado y el condenado habían encontrado algunos conocidos en la confitería, y se quedaron conversando. Pero pronto se desligaron de ellos, porque cuando el explorador se encontraba por la mitad de la larga escalera que descendía hacia la orilla, lo alcanzaron corriendo. Probablemente querían pedirle a último momento que los llevara consigo. Mientras el explorador discutía abajo con un barquero el precio del transporte hasta el vapor, se precipitaron ambos por la escalera, en silencio, porque no se atrevían a gritar. Pero cuando llegaron abajo, el explorador ya estaba en el bote, y el barquero acababa de desatarlo de la costa. Todavía podían saltar dentro del bote, pero el explorador alzó del fondo del barco un cable pesado, los amenazó con él y evitó que saltaran.”

El soldado y el condenado pertencen  a esa galería kafkiana de personajes secundarios, casi niños, casi humanos, sin mayor inteligencia ni sentido de la moral, pero siempre perturbadores, que enloquecen a los K, siguiéndolos sin muchas ganas pero implacablemente, como un par de perros hambrientos. Hasta aquí habían estado siempre en segundo plano, desequilibrando un poco el cuadro e interrumpiendo de a ratos con pincelazos de comedia e irrealidad el tenso contrapunto entre el oficial y el explorador. Poco sabemos de ellos, salvo que no parecen comprender la gravedad de la escena. Cuando esta tensión se resuelve y el oficial ha muerto, ambos son libres. Pero entonces, ¿por qué siguen al explorador? ¿Qué es lo que hace que hombres libres como ellos, como nosotros, estemos dispuestos a saltar al primer bote? ¿De qué huimos y hacia dónde vamos?

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