
thomas Bernhard en buenos aires

thomas Bernhard en buenos aires
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Puede que haya algunos spoilers en lo que sigue. Lean bajo su propio riesgo.
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Me dicen que Synechdoche, New York, la película de Charlie Kaufman (Quieres ser John Malkovich, Eterno Resplandor de una Mente sin recuerdos), fue un fracaso de taquilla y de crítica. Y debe ser así nomás, porque ni siquiera va a estrenarse en cine por estos lados, y quién sabe, tal vez tampoco en DVD. Y eso significa que, pocos, muy pocos la verán y eso, por alguna razón, me parte el alma.
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Es un lugar común, hablar de, por ejemplo, la gran novela americana, esa especie de ballena blanca a la que viejos y nuevos marinos de las letras tratan de dar caza, siempre dispuestos a hundirse con sus barcos herzogianos. Se habla menos, si se habla, de la gran película americana. ¿Americana? ¿Por qué sólo americana? ¿Que tal la gran película del alma moderna? Eso pretende ser Synechdoche ¿Ambiciosa, no? ¿Megalómana, cierto? Es además, larga, enrvesada, barroca, la gente tiene problemas para pronunciar su título, y es tal vez la película más depresiva y deprimente de la historia del cine. Qué duda, cabe, Synechdoche hizo todo lo posible que para que se la castigara como, me aseguran, se la castiga. Aunque hay excepciones. La revista Time la llama una “película milagro” o un “milagro de película”, como prefieran, y los espectadores –al menos según IMDB- se dividen entre quienes la aman y quienes la odian. Y siempre es más fácil odiar, claro, y decir que es malo o torpe aquello que nnos perturba o nos hace reventar de envidia.
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¿Qué tan grande es Synechdoche? Mucho. Grande como el mundo, al que quiere abarcar. Es la película que Kafka y Beckett hubieran querido hacer. La película que David Lynch ya no podrá hacer, la que Michel Gondry y Spike Jonze (directores de las otras películas de Kaufman) –dicen- no se animaron a hacer. Y hay un poco de todos ellos en la película, pero lo que me parece innegable, es que Synquecdoche, New York es un homenaje, nada velado a Steven Millhauser, a quien se cita de diversas maneras a lo largo de la película arrastrando, un poco de prepo a Borges.
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El protagonista de Synquecdoche es Cadem un director de teatro que ha tenido un modesto éxito, pero que en el fondo, siente que no le queda mucho por vivir (es un hipocondríaco irremediable además de depresivo clínico) y que no ha hecho mucho tampoco que el mundo vaya a extrañar. Acaba de estrenar La muerte de un Viajante -ese otro célebre golpe al mentón sobre la vida y la muerte-, y su esposa, una artista de las miniaturas (Millhauser), lo está abandonando de a poco. En la peor crisis de la mediana edad que se recuerde, Camden decide emprender la obra de su vida, una pieza grande, enorme, megalómana que de a poco reemplazará al mundo (Millhauser, Borges).
La pieza es también un lugar común, pero se vuelve desmesurada y llena de meandros: es la representación perfecta de su vida, y sinecdoque mediante, de todos los hombres. Una especie de muerte de un viajante lisérgico. Pues aunque no se dice, la muerte –artística, espiritual, biológica, se respira desde el primer fotograma. A modo de ejemplo, todas las escenas de la vida del dramaturgo deben ser llevadas al escenario, pero el camino es largo, e interminable, lleno de complicaciones y callejones sin salida, cada paso hacia adelante, es al mismo tiempo un paso atrás y en todas direcciones (Kafka). Inevitablemente, el propio proceso de producción de la obra, debe ser, a su vez representado, y esta representación, representada a su vez. Y así se multiplican y se confunden los escenarios, y se cruzan y confunden los personajes y lo que sucede en uno de estos universos paralelos afecta inevitablemente al otro –por ejemplo, el abandono de la amante del dramaturgo en la ficción conduce al abandono real en la película, o a la inversa, circunstancias, claro, dignas de ser representadas, lo que deriva en un nuevo giro de timón.
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¿Pero hacia dónde? El barco está a la deriva, no hay puerto a dónde llegar ni ballena blanca que cazar. Tal vez nunca los hubo. Como sea, estamos ahora en medio del océano tormentoso, y los años pasan, y las décadas incluso, pasan, y allí estamos a bordo de ese barco desquiciado que sólo puede reventarse contra un risco, o hundirse en silencio.
Como sucede con las miniaturas o los parques, museos y hoteles de Millhauser, como los laberintos de Borges, como los pasillos y patios de Kafka, el mundo de Synechdoche es un mundo de cajas chinas, de movimientos por un espacio infinitamente divisible, de parálisis y de fracaso. Pero también, de un conmovedor y secreto triunfo.
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Para decirlo sin rodeos, creo que Synechdoche es la obra de un genio, que podría pasear al lado de Kafka sin ser fulminado por su mirada o el tamaño de sus orejas. Porque puede que synquedoche, sea una película sobre el fracaso, y que, por el tamaño mismo de sus ambiciones haya estado destinada a reventarse contra un iceberg, pero, milagro de milagros, un hombre de genio tenía el timón en sus manos, un Ahab con la puntería de Guillermo Tell, capaz de distraer con un flechazo en la manzana mientras la otra flecha, la verdadera, ya ha partido en trayectoria directa al corazón.
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Kaufman se propuso con Syneqodche –como la muerte de un viajante, la primera de las cajas chinas- hacer la película sobre el alma humana y ¿saben qué?, la hizo. Mezcló tanto los planos de la representación y la realidad, el arte y la vida, la locura y la desesperanza, que, con paciencia fue preparando un último y desesperado salto, se guardó una última y definitiva mamushka. Lo que da en el blanco, lo que nos conmueve, me parece de Synecdoche, no es tanto la suspensión del descreimiento, el infortunio ficticio del dramaturgo, sino la perturbadora y a la vez, reconfortante idea de que ese tipo existe realmente –aunque no podamos decir que goza de buena salud-, y que su obra finalmente llegó a destino (si bien nada apacible), y que en definitiva, una obra tan grande como contar el alma moderna sólo se puede contar de forma indirecta, es decir, sólo se puede contar si al mismo tiempo se hace.
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Y seguiría, pero no quiero arruinársela a nadie
Una conmovedora crónica sobre la vida y la muerte de David Foster Wallace. En inglés solamente (es muy largo para traducir):
Mientras pienso cuándo y cómo actualizar este blog, actualizo a su hermano bobo. Un nuevo juego de parecidos. Esta vez Mirolad Pavic y, para variar, Kafka.
Ay, ya quisiera yo pensarme poeta
de alguna clase,
ser libre, prolífico y elegante.
Ayer escribí un relato
de 150 palabras clavadas
Y fue lo más largo que escribí en años.
Si mañana ese relato dejara de existir,
¿lo habré escrito alguna vez?
Si tuviera alma, sería para la literatura, pero no tengo. La vendí tres veces y ya nadie la quiere.
Escribo poco, y nada en un idioma pasado de moda. El único que apredí para escribir y para ser. Traté eso sí de hablarlo con cuidado, y por qué no, de sacarle brillo alguna vez, como un lustrabotas que se esmera para mejorar su propina. Pero el objeto de tanto esmero no deja de ser un par de zapatos, ajenos, para peor. También mis zapatos brillantes son sólo zapatos, que algún despistado puede mirar como se mira el brillo de un zapato, con ligereza y desencanto. Ay, ya quisiera yo haber sacudido el suelo de alguien con el martillo, pero me dicen que el martillo es pesado para mí, y yo lo creo (ahora dicen que para ser escritor, hay que escribir).
Durante el día tengo una ocupación en apariencia trivial pero nada desdeñable: como tantos otros, echo, basura al mundo, y en el proceso, puedo ser bastante desgraciado. Pienso entonces que lo único que se hacer es escribir en mi idioma, pero me voy a la cama y espero en silencio el nuevo día. Al que le gusten mis zapatos, que sea bienvenido. Pero que sepa también que no sirven para andar.
Hoy murió un panadero. En uno de esos días de calor donde ni bien uno pisa la calle, el calor invade el cuerpo con la velocidad de una mecha encendida, detrás de la caja registradora, el corazón del panadero reventó de pronto, sin aviso, y lo fulminó en un instante. Era el panadero a quien mis compañeras de trabajo compraban todos los días las ensaladas de sus almuerzos, y con quien en más de una oportunidad discutían por la demora, o de quien se burlaban a veces por la kafkiana tarea de transmitir con fidelidad los ingredientes de la ensalada. Dos empleadas trajeron la noticia. Quise salir para que la negrura no me invadiera como el calor, quise huir como si la muerte fuera una enfermedad contagiosa y ya estuviera de este lado de las paredes de la oficina, pero entonces debía pasar frente a ellas y no me animé.
Las empleadas se disculparon por la demora, que ya había desatado minutos antes la burla amarga de mis compañeras: no había forma que los pedidos llegaran a tiempo. Explicaron que el panadero había muerto de un paro cardíaco “masivo” tras la caja registradora. La voz de la más joven se quebró en seguida y me recorrió un escalofrío. Yo no las ví, no quise asomar mi cabeza, y me oculté como una tortuga, tras las paredes de mi “box”, como si por alguna razón trajeran la muerte de mi difunto tío y de mi padre vivo en sus pequeñas bolsitas, junto con las ensaladas. El llanto de la desconocida hizo estallar por un segundo esa distancia que impone la transacción económica. Varios pensamientos me deprimieron al instante. Por empezar que la chica no tuviera más desahogo que unas clientas no especialmente simpáticas, para la terrible escena que seguramente presenció, el hecho de que cumplieran absurdamente con su pedido, cuando quizás en el instante en que el corazón del panadero dejó de latir su propia suerte se decidía. Con voz más asustada que triste, la mayor de las empleadas explicó que había muchos problemas en la panadería, (era además de quien tomaba los pedidos y cobraba, el dueño) que se trabajaba mal, que nunca llegaban a tiempo a cumplir con nadie, cosa que sabíamos de sobra, y entonces sí pensé en el panadero a quien no conocía, con quien nunca hablé, a quien nunca compré nada, a quien imaginaba gordo pero era flaco y más joven de lo que creía. Pensé: ¿habrá muerto por su trabajo? Ese pensamiento me deprimió aún más: si hay suerte y no morimos por mano ajena, morimos como moscas por mecanismos que no entendemos o por cosas que no valen la pena. Malentendidos. En algún momento de una mañana calurosa hasta lo insportable, el corazón del panadero estalló, y para él todo terminó en un segundo. Sin explicaciones ni despedidas ni largas o cortas agonías. Desde ese momento, mis compañeras se quedaron sin sus ensaladas.
En la contratapa de Martin Dressler, de Steven Millhauser (Editorial Andrés Bello), se puede leer lo que para mí es un prometedor comienzo:
“Aunque Martin Dressler fue el hijo de un tendero, también soñó su sueño, y por lo menos tuvo bastante suerte e hizo lo que pocos se atreven, incluso, a imaginar: satisfizo el deseo de su corazón. Pero éste es un privilegio peligroso, que los dioses vigilan celosamente, a la espera de la falla, la pequeña falla que finalmente arruina todo”.
Y sin embargo no, no era exactamente el comienzo. En cambio, la primera oración es una especie de síntesis del fragmento anterior:
“Hace algún tiempo vivió un hombre llamado Martin Dressler, el hijo de un tendero, que supo remontarse desde su origen modesto hasta las alturas soñadas de la buena fortuna”.
A la luz de la contratapa, creo, este comienzo es empobrecedor. Para empezar, sólo señala la trayectoria ascendente y no la caída del héroe, que deberá esperar todavía algunas líneas más, líneas cuya función es la de describir el contexto de la historia. Me molesta además eso de “un hombre llamado Martin Dressler”, pues sin comenzara apenas con Martin Dressler, sabríamos ya que ese es su nombre y que no puede si no pertenecer a la especie humana (y dentro de ella, al género masculino) Por último, aunque los dos fragmentos hablan de un hombre que ha cumplido un sueño, mientras que el Martin de la contratapa soñó su sueño y satisfizo los deseos de su corazón, el de la primera página ha alcanzado apenas los sueños de la buena fortuna. Y se pierde, claro, el enorme bloque de hielo que, bajo la línea de la superficie oceánica de la contratapa, prometía lo que a mí me gusta de un libro: la obsesiva y delirante apuesta, a menudo mortal, de un hombre para… satisfacer los deseos de su corazón.
Pero yo debo ser mal pensado, porque apenas unas líneas más abajo encontramos el extracto de la contratapa, aunque ligeramente cambiado:
“Aunque hijo de un tendero, Martin Dressler también soñó un sueño propio y al final tuvo la suerte de realizar lo que muy poca gente se atreve siquiera a imaginar: logró satisfacer los anhelos de su alma. Un privilegio por cierto riesgoso, al que los dioses permanecen celosamente atentos, esperando a que surja la hendidura, la ínfima hendidura que finalmente lo conduce todo a la ruina”.
Claramente hubiera preferido que este fragmento fuera el comienzo de la novela, pues la ubicación en tiempo y espacio (una época en la que el capitalismo empezaba a florecer y lo “sólido se desvanecía en el aire”) palidece, creo yo, frente a esa lucha entre dioses y hombre. Pero eso no es grave, después de todo, Millhauser es un gran escritor y yo no, y tal vez haya tenido sus razones. Pero en seguida me doy cuenta de que la decepción es otra. Entre la contratapa y la primera página, el fragmento ha cambiado, y sucede como si, atravesando el libro a contracorriente, cruzando la historia desde el final hasta el origen, de la realización hasta esa partícula inicial de extrañeza que luego se convertirá en obsesión, desandando en fin, una lucha que es menos entre dioses y hombres que entre el hombre y sus sueños, es decir, del hombre contra sí mismo, todo volviera a empezar, parecido pero diferente, menor, más chato y menos musical.
Pero no estoy interesado aquí en una teoría de la purificación de la experiencia al estilo budista. Me fascina, en cambio, imaginar el combate del traductor contra su propia traducción irremediablemente y burlionamente impresa en la primera página, temblando ante la nueva posibilidad que le ofrece la contratapa. Mejor (y más probable): el combate solapado de los dos traductores, que tal vez son enemigos íntimos. O por último: el nervio implacable de un escritor secreto que decide pulir los bordes de la escritura para que sea su acabado y no el otro, el que llegue primero a manos del lector. ¿Cuál habrá sido la historia secreta detrás de esta diferencia, la decisión real con sus dudas, miradas cómplices o aprobaciones burocráticas, por la que en el mismo libro el fragmento se ha traducido dos veces? ¿Habría sido mejor la experiencia de lectura, si el autor de la contratapa hubiera tenido la libertad de dar rienda suelta a su serena máquina de esmerilado?
En rigor, no quiero ser injusto con el traductor “oficial” pues algunas de sus elecciones son mejores que la del artista de la contratapa. Creo que prefiero la idea (pero no la palabra) de una hendidura antes que una falla, pues ésta da idea de error y aquella, de entropía, de una destrucción innminente y necesaria, propia de la larga historia de conflictos entre dioses y hombres. También prefiero la palabra ruina, pues, sorprendentemente, es mucho más poderosa que su forma verbal, arruina, que no termina de dar la idea de una perdición, como si la “a” fuera tal vez no un prefijo de negación, pero sí un especie de consuelo melancólico, pero consuelo al fin. Por último el traductor corrige ese extraño “y por lo menos tuvo la suerte” que flota en la contratapa como un puente caído entre las palabras. A propósito, ese “por lo menos” lo cambia todo, aligera la carga, y por lo tanto, no lo arruina todo.
A falta de la versión original, que puedo leer pero no juzgar con demasiado detalle, tal vez se necesite pues, de un tercero que sintetice lo mejor de ambas versiones. Pero el problema, lo fascinante de este conflicto no declarado que se agita en el libro y cuya luz es distinta de acuerdo a la posición en que sostengamos el volumen; lo terrible y maravilloso de todo esto, es que estas sustituciones son posibles con la mayor impunidad, y creo que , además, son deseables (porque no soy el autor naturalmente). Y, qué mierda, así empezaría yo, Pierre Menard, el Martin Dressler de Steven Millhauser:
“Contra todo, Martin Dressler, apenas el hijo de un tendero, soñó su sueño e hizo lo que pocos se atreven, siquiera, a imaginar: conquistó los antiguos deseos de su corazón. Pero el privilegio es siempre riesgoso y no agrada nunca a los dioses, que lo custodian celosamente a la espera de la grieta, la mínima y secreta grieta, que lo destruirá”.
A propósito: el libro no me gustó casi nada.
Hay dos imágenes que me persiguen desde hace algún tiempo. No son las únicas ni las más terribles. De hecho, parecen bastante inofensivas.
En la primera, sostengo un vaso entre mis manos y luego de sopesarlo un rato, lo arrojo contra un espejo (o un televisor en su versión más prosaica). En la segunda, tiro abajo mi biblioteca: la atraigo primero desde arriba y hacia delante hasta crear un desequilibrio mientras los libros caen sin hacer ruido, como si cayeran desde un acantilado. Alternativamente, tiro los libros de sus estantes usando los brazos como tentáculos o aspas de un ventilador enloquecido. Ambas son imágenes de una modesta destrucción y una menos modesta destructividad. No me interesa analizarlas demasiado. Hay desde luego varias explicaciones plausibles que no necesitan hundirse en el agua barrosa del psicoanálisis, y están también seguramente aquellas que se sienten a gusto chapoteando en el barro. Pero yo las prefiero levemente amenazantes, sólidas como una piedra que apenas se inmuta ante fuerzas naturales cuyo plan de destrucción se mide en milenios. Espejos, libros. Me pregunto si hay una teoría unificadora, a años luz de Borges, por ejemplo, alguna clase de crisis de identidad (espejo) que resulta de una concepción enfermiza y maladaptativa (¿?) de la literatura (que piensa en términos de precipicios y acantilados).
Pero, ¿qué se yo sobre literatura? Soy un lector vago y monótono, fiel a unos pocos autores a los que prefiero visitar antes que perderme en un vecindario nuevo (aunque lo haría si supiera dónde encontrar uno interesante). Si la literatura es alta o baja, anónima o autobiográfica, absoluta o relativa, analógica o digital, no podría decirlo. Jamás seré un gran teórico de la literatura, ni siquiera uno malo. “Amparados en múltiples máscaras” –escribe Roberto Calasso-, los escritores “saben que la literatura a la que se refieren se reconoce más que por la fidelidad a una teoría, por una cierta vibración o luminosidad de la frase (o del párrafo, de la página, el capítulo, el libro entero). Esa especie de literatura es un ser que se basta a sí mismo”. A falta de teoría, yo me quedo con esa sinestesia: Vibración. Luminosidad.
Antes que cualquier cosa, la literatura es para mí estremecimiento y conmoción. Y lo digo con amargura; sin eso, leer es padecer. El estremecimiento no es nunca un estado; sólo es movimiento, su estado es el movimiento y su movimiento es huidizo; es un nómade salvaje que no aprende todavía las sofisticadas reglas de la cortesía o de la guerra. Si la literatura es estremecimiento o no es, entonces su energía es dispersa y melancólica, intermitente, apenas una perplejidad fugaz e irreductible que se pierde como agua entre las manos.
Iluminada por una estrella muerta, la vida es entonces más gris. Y no hablo de libros, hablo de la vida carajo, de la vida. Cuando sólo perseguís el estremecimiento, todo lo demás es amargo, las palabras ordinarias producen náuseas y remontar el texto más simple, la conversación más inocente, el acto más banal y cotidiano supone un esfuerzo consciente por vivir, una lucha constante contra el desasosiego, y la realidad, sea eso lo que sea, se vuelve muda o yo me vuelvo sordo, y en cualquier caso ese silencio me irrita las veces que no me deprime, y ya quisiera yo deshacerme del peso de este vaso que sostengo en la mano, arrojarlo de una vez contra el espejo, arrancar esa sonrisa burlona de los libros inclinados y apilados con un orden roto, y derribar mi biblioteca con la misma furia incontrolada, salvaje y sin dirección con la que un ejército derriba edificios en territorio enemigo.